Esta es una narración de los hechos bíblicos e históricos que condujeron a la Iglesia Cristiana a desechar el Sábado, séptimo día de la semana; y a adoptar el primer día de la semana como día de adoración.

“En la Nueva Ley la observancia del Día del Señor tomó el lugar de la observancia del Sábado, no por virtud del precepto sino por institución de la Iglesia y de la costumbre de los Cristianos...” —Tomás de Aquino. Suma Teológica. De los Preceptos de Justicia. Artículo 3.

Capítulo I - Generales

Introducción. La gran ventaja de los apóstoles. La iglesia en el tiempo de los apóstoles. El contraataque judío. La transición que vendría. La inexperiencia de los gentiles convertidos. Poca fuerza de los líderes postapostólicos. Frutos de la inexperiencia.

La doctrina acerca de la santificación del primer día de la semana dentro de la Iglesia, popularmente conocido como domingo, en sustitución del sábado instituido por Dios, se originó por dos factores: Primero, por la actividad hostigadora y proselitista que los israelitas enemigos de la iglesia ganada por Cristo llevaron a cabo poco tiempo después de haberse iniciado la divulgación del evangelio. Segundo, porque los obispos involucrados en el cambio fueron personas provenientes del paganismo; escasamente conocedores de la voluntad divina pero ampliamente conocedores del paganismo cuyo día de adoración al sol era precisamente el primero de la semana.

Ciertamente, antes de comenzar la evangelización de Israel y de los demás países del mundo, los judíos estaban confiados, ninguna creencia contraria a la de ellos los amenazaba internamente. Porque si bien las creencias paganas abundaban, todas estaban ausentes de Israel y no ocasionaban ningún tipo de dificultad. Por aquel tiempo las autoridades israelitas no confrontaban ningún tipo de amenaza, más bien su empeño era estar cuidando que las tradiciones fueran practicadas rigurosamente.

Pero el momento vino cuando un cuerpo extraño inició su labor. Una labor verdaderamente difícil que de no haber contado con la efectiva participación del Espíritu Santo habría estado condenada al fracaso.

Lo alarmante era que ese cuerpo no era extranjero sino nacional. Era uno que hablaba de Dios y de los profetas, y lo hacía con verdadero aplomo a la verdad, lo cual era inquietante. Con el correr de los años, las repercusiones vendrían a ser notorias en Israel y en el resto del mundo.

La historia acerca de la actividad antievangélica en las primeras tres décadas de la iglesia es bastante larga pero Lucas la sintetiza en Hechos de los Apóstoles. Su relato es corto, pero es suficiente para prever las razones futuras por las cuales la iglesia, a partir del siglo segundo de nuestra era, desechó el día de reposo ordenado por Dios y en su lugar tomó un día que desde hacía centurias había sido establecido por los paganos para adorar al sol.

Además de la actividad judía contra los convertidos a la nueva secta, otros factores determinantes promovieron la transición del Sábado al Domingo, entre los cuales estuvieron las pugnas constantes de las autoridades religiosas israelitas contra las autoridades de la iglesia postapostólica. Pugnas en las cuales se observaba un marcado desconocimiento de las verdades bíblicas. Los israelitas, por su parte, estaban empeñados en hacer valer a nivel internacional un sistema de justificación incoherente al mundo gentil. Los gentiles convertidos, por su parte, adoptando posiciones desencajantes del verdadero contenido bíblico.

Leyendo la Palabra de Dios y la historia postapostólica en torno al desarrollo de la iglesia se advierte que ninguno de los dos bandos se apegó fielmente a la verdad.

El desconocimiento bíblico por parte de los israelitas es notorio respecto a la interpretación de las profecías en las cuales se anuncia la venida de un nuevo sistema de justificación y de un nuevo pacto que iba a ser escrito en el corazón humano en lugar de dos tablas de piedra como el primero. Ellos priorizaron su modo de interpretar la Palabra de Dios en lugar de poner atención al cambio que vendría según los profetas lo anunciaron.

Los gentiles convertidos al evangelio, por su parte, encararían la apremiante realidad de valerse por sí solos como guiadores del pueblo redimido. El tiempo vendría cuando los apóstoles ya no estarían como columnas sostenedoras de la enseñanza legada por Cristo, su presencia, su influencia y sus conocimientos no estarían presentes. Lamentablemente, aquel conocimiento profundo y acertado de las Escrituras del cual los apóstoles echaron mano para rechazar la contraparte sería una herramienta enteramente desconocida para los líderes en turno. Sus argumentos, como se verá más tarde, no iban a poseer el mismo peso apostólico, dando, de esa manera, más oportunidad a los judaizantes de continuar sus arremetidas.

Similar a los otros estudios que he puesto a disposición de mis lectores, este no es dogmático, tampoco pretende establecer un esquema novedoso o extraño, al contrario, es un análisis breve y desapasionado de algunos factores históricos que fueron narrados por fuentes dignas de crédito, como lo fueron los apóstoles y por aquellos que siglos más tarde vinieron a ser conocidos como los “padres apostólicos” y “padres de la Iglesia”.

Sirva pues, esta pequeña introducción, para iniciar nuestro recuento histórico, del cual espero que cada lector saque el provecho conveniente.

La gran ventaja de los apóstoles

El haber nacido israelitas, y haberse criado dentro del sistema mosaico, determinó que los apóstoles entendieran por qué era necesario un sistema de justificación que evitara las dificultades existentes en la ley mosaica. Ciertamente, aun viviendo en la tierra prometida, el sistema era difícil de obedecer, pero viviendo en el exterior la situación se tornaba todavía más crítica y peligrosa pues cualquier transgresión acarreaba muerte irremisible. Debe recordarse que miles de israelitas habían marchado a vivir a otros países, lo cual induce a dudar si en verdad pudieron haber estado viajando continuamente hasta el templo en Jerusalén a ofrecer sacrificios por las culpas diariamente cometidas. Indudablemente los apóstoles conocían eso.

Desde hacía varios siglos antes de Cristo, Israel había dejado de obedecer la Ley como estaba estipulada. Los escribas en los tiempos en que nuestro Salvador vino a la tierra distaban mucho de poseer la virtud de interpretarla correctamente como lo habían hecho Esdras y Nehemías. Aquellos dos varones de Dios poseyeron la virtud de orientar al pueblo en tiempos de verdadera necesidad, cuando recién acababan de reedificar Jerusalén después de recobrar la libertad del cautiverio a que fueron sometidos debido a haber anulado el pacto del Sinaí. En cambio los sucesores de esos dos grandes hombres no tuvieron la misma fuerza, ni el mismo empeño ni la misma capacidad; eso significó ir entrando en confusión, porque dejaron de depender de Dios y de su Palabra y procedieron a adoptar la tradición con lo cual mostraban debilidad en la aplicación por una parte, y capacidad sobrada para imponerse ante la incapacidad del pueblo a obedecer.

La situación empeoró al paso de los años y de los siglos como lo testifican los diálogos sostenidos por el Maestro con los escribas y fariseos de su tiempo, mostrando rigor desmedido en algunos mandamientos y disimulo en aquellos en los cuales transgredían. Además, para ese tiempo la tradición había venido a ser tan poderosa al grado de haber sido usada como herramienta legal para castigar a los infractores.

La historia de los Macabeos, y Flavio Josefo, cuentan con bastantes pormenores las constantes pugnas entre los líderes del pueblo porque cada uno deseaba tener la primacía por sobre los demás. Eso hacía que el pueblo estuviera más inclinado a favorecer bandos que a obedecer la Ley de Dios. Tan penosa había llegado a ser la situación que incluso los más ambiciosos llegaron al grado de traicionar al pueblo pactando con los reyes paganos, facilitándoles la introducción de cultos a los ídolos a cambio de recibir ayuda para alcanzar la jefatura del pueblo. En semejantes pugnas ni los sacerdotes de Dios fueron respetados.

Los apóstoles sabían que durante el lapso entre los profetas veterotestamentarios y el aparecimiento del evangelio, Israel vivió en marcada pobreza espiritual, y que debido a eso Dios suspendió ejecutar el rigor que cualquier desobediencia a la Ley imponía, evitando de esa manera que Israel llegara a su fin.

Los apóstoles sabían que Dios, por medio del profeta Jeremías (31:31), dio a conocer que Israel había invalidado el pacto del Sinaí y por lo tanto, hacer uno nuevo era de gran necesidad, de lo contrario, Israel dejaría de ser el pueblo de Dios.

El haber suspendido Dios la aplicación del castigo fue el motivo para anunciar el tiempo cuando el nuevo pacto entraría en vigor, pero Israel, aun leyendo las Escrituras, estaba tan ajeno a la realidad que no entendió cuándo ese tiempo vendría.

Indudablemente los apóstoles también sabían que esa suspensión, más que todo, terminaría hasta que el Ángel del Pacto, anunciado por Malaquías (3:1), hiciera su aparición, validando con su propia sangre el nuevo pacto.

En verdad, todos los pormenores históricos relacionados a las dificultades israelitas para obedecer eran conocidos por los apóstoles, que por la guianza del Espíritu Santo entendieron la necesidad de ese nuevo pacto y la necesidad de que entrara en vigencia. El nuevo pacto abriría la oportunidad no solo para que Israel obtuviera una grandísima ganancia, sino que a la vez serviría para que los gentiles, que en otro tiempo estaban impedidos de ser pueblo de Dios, adquirieran esa oportunidad.

La experiencia de haber sido israelitas también facilitó a los apóstoles entender que dentro del nuevo sistema traído por Cristo, la circuncisión, la justificación ritual y el calendario festivo habían sido relegados a un lugar sin importancia. También, por el modo conque Pablo, Santiago, Pedro y Juan hablan acerca de aspectos santificantes mencionados en la Ley, resulta fácil ver que ellos entendieron que el relegamiento de la circuncisión, de la justificación por la Ley y del calendario de solemnidades, de ninguna manera significaba abrogamiento de todo lo relacionado a la limpieza moral. Para los apóstoles, Cristo vino a abrir la puerta de la salvación mediante la fe y la santificación para todos los humanos, mas no significaba anulación de aquellas leyes dadas a Israel con contenido de aplicación moral universal.

Hacer encajar el nuevo sistema dentro del sistema antiguo nunca ha sido fácil, prueba de ello es que los israelitas no lo consiguieron (al menos la mayoría de ellos); eso está atestiguado por la constante actividad de los apóstoles explicándoles el significado de vivir por fe, manteniendo la santidad sin los requerimientos de la ley ritual de justificación. En verdad, los apóstoles conocían cabalmente en qué consistió el sacrificio de Cristo en la cruz y supieron mantener una enseñanza balanceada entre la parte moral contenida en la Ley y la justificación proporcionada por Cristo, apartando definitivamente el contenido ritual.

Los apóstoles no sólo habían oído acerca de la pobreza espiritual de sus antecesores sino que la habían vivido desde su nacimiento, eso les daba suficiente capacidad de argumentos y bases para trabajar en el establecimiento de la iglesia, evitando lo ritual justificativo y priorizando la gracia.

También conocían aquellos aspectos de la Ley de justificación ritual en los cuales los judíos hacían énfasis para justificar su validez, de hecho, en cualquier enfrentamiento la experiencia que poseían les facilitaba en gran manera contender eficazmente por la fe recibida en Cristo. También conocían los puntos en que la ley no encajaba en los gentiles, y también conocían los aspectos legales que los israelitas desobedecían.

No así los líderes gentiles, por mucho esfuerzo que hicieran, la astucia judía siempre establecía ventajas a su favor. Los gentiles defendieron la iglesia sin poseer la ventaja de los apóstoles. De hecho, no era lo mismo hablar acerca de la Ley teniendo una experiencia milenaria (los judíos), que hablar de ella cuando apenas se le conocía (los gentiles).

La Iglesia en el tiempo de los Apóstoles

Sin lugar a dudas los apóstoles predicaron la correcta enseñanza pues la recibieron directamente del Divino Maestro. Para ellos el tiempo que pasaron a su lado fue suficiente para conocer en qué consistía su mensaje, y también les fue suficiente para entender por qué el nuevo pacto era necesario. En verdad los relatos contenidos en los cuatro evangelios son extremadamente cortos que no permiten conocer la enseñanza que les fue impartida día a día, momento a momento; pero los años que pasaron al lado del Divino Maestro no fueron sólo para seguirle a donde él fuera, o para escucharle parábolas, o para mirarle haciendo milagros sino para conocer a fondo las desventajas del antiguo sistema, y para recibir instrucción sobre las ventajas del nuevo.

De esa manera, haber nacido israelitas, más la capacitación adquirida, más la experiencia de ser guiados por el Espíritu Santo, les ayudó poderosamente a enfrentarse al reto de comenzar una empresa durísima, que aun pasados muchos siglos continúa dando abundantes frutos.

El trabajo de los apóstoles se realizó en dos partes, la primera fue para darle prioridad al pueblo israelita, la segunda para entrar de lleno a evangelizar a todo el mundo, después de todo, esa fue la orden recibida de su Maestro.

Para evangelizar a los israelitas no era necesario empezar explicándoles la historia de la Creación, ni del pecado de Adán en Edén, ni del diluvio, ni de la expansión de la humanidad a partir de la llanura de Shinar, ni de cómo Dios eligió a Abraham para ser el padre de Israel. La estrategia a emplear debía de echar mano del conocimiento de la Ley en general a fin de enfatizar aquellos aspectos que, a lo largo de cientos de años, habían sido transgredidos. De igual manera, la destreza adquirida serviría para poner en relieve las ventajas de obedecer a Dios por fe sin la necesidad de recurrir a la matanza continua de animales.

El tiempo vino cuando el entrenamiento que habían recibido, más la poderosa intervención del Espíritu Santo, hicieron estremecerse a miles de conciudadanos que presenciaron el primer sermón. El resultado fue una ganancia aproximada de tres mil convertidos al evangelio (Hechos 2:41), cifra que indudablemente fue aumentada al agregar a cada convertido una esposa e hijos. No menos portentosa fue la segunda predicación en la cual, posiblemente dos mil más fueron bautizados (Hechos 4:4), sumando de esa manera unas cinco mil personas, número que posiblemente el relato bíblico no incluye a los hijos y a las esposas.

Muy pronto las autoridades judías notaron que un mensaje de salvación diferente al tradicional estaba siendo anunciado, por lo cual empezaron a contrarrestarlo empleando tácticas intimidatorias entre las cuales estuvieron encarcelamientos, castigos corporales, muerte y persecución. Pero el Espíritu Santo y la enseñanza recibida eran dos fuerzas demasiado poderosas imposibles de contener. Nada ni nadie era capaz de frenar el avance de la iglesia naciente. El resultado obtenido en corto tiempo fue la conversión de muchos miles de judíos (unos 144000) entre los cuales se contaban sacerdotes, escribas, gente adinerada y mucho pueblo en general.

Aunque el hostigamiento se hacía cada vez más fuerte, la iglesia naciente, doctrinalmente hablando, estaba a salvo de cualquier estorbo, después de todo, el carácter tímido y medroso de aquellos doce había sido cambiado por uno de valor y de fuerza; adquiriendo de esa manera la potente capacidad de enfrentar a cualquier autoridad religiosa y de demostrarle con hechos que el nuevo sistema era mejor.

La doctrina, tal como fue les fue entregada por el Divino Maestro, se hacía sentir entre los israelitas y corría libremente por todos los rincones del país, poniendo la gracia de Dios al alcance de todos los que quisieran aceptarla, llegando eso a tener un impacto tan sonoro que estremeció a los jefes de Israel. Nunca antes habían presenciado cómo los ciudadanos, con marcado interés, aceptaran estar cerca de Dios sin tener necesidad de recurrir a holocaustos de ninguna índole.

¿Quién que habiendo vivido durante unos mil quinientos años sometido a un sistema legal por el cual acercarse a Dios habría mirado sin preocupación y sin inquietud que un nuevo sistema, fácil de seguir, por el cual acercarse a Dios, estaba siendo predicado con grande éxito?

Tan desesperados y confundidos vinieron a estar los líderes espirituales que la intervención de un sabio y piadoso judío llamado Gamaliel fue necesaria (Hechos 5:34-39). Las palabras de aquél hombre guiado por Dios colaboraron en mucho para que los mensajeros de Cristo trabajaran con libertad aunque con mucho hostigamiento. Pero la influencia de Gamaliel sobre las autoridades duró poco tiempo. Era mucha la preocupación como para disimularla.

¿Quién que habiendo visto cómo en una sola predicación evangélica eran convertidos a la nueva enseñanza más de tres mil y que en una segunda eran convertidos más de dos mil, mantuviera una actitud pasiva?

Desde el punto de vista israelita, la situación causada por la nueva secta, se les estaba convirtiendo en una verdadera amenaza, en una invasión alarmantemente peligrosa. Esa alarma motivó a las autoridades a contraatacar no sólo mediante argumentos sino físicamente. Sabían que la mejor manera era cortar de raíz el mal, para lo cual masacraron despiadadamente a muchos de sus conciudadanos que habían aceptado el evangelio.

Uno de los más grandes enemigos fue un joven llamado Saulo, Fariseo intachable. En sus declaraciones posteriores a su conversión al evangelio muestra su celo y el de sus guías espirituales, y la alarma que el nuevo mensaje estaba ocasionando.

La experiencia muestra la incapacidad de aquellos líderes que no pudieron contener la arrolladora fuerza de los apóstoles predicando el evangelio.

El relato bíblico muestra que la persecución de la iglesia se debió a la predicación de un nuevo sistema de justificación contrario al sistema ritual y no a que los apóstoles hubieran inducido a la iglesia a adorar a Dios en un día diferente al séptimo día de la semana. Ninguna porción de los escritos evangélicos sugieren que los problemas de la iglesia se hayan debido al establecimiento de un día de adoración extraño.

Pero la tarea no había sido diseñada sólo para los israelitas. El nuevo mensaje también abarcaba a los gentiles de todo el mundo, pues en el nuevo sistema ellos tenían exactamente el mismo valor que los israelitas.

La diferencia, notoria por supuesto, era que a las naciones había que evangelizarlas empezando por darles a conocer la existencia de un Dios Creador. Para las naciones gentiles en verdad era novedoso saber acerca de la existencia de un Dios al cual no conocían. Era novedoso saber de un lugar llamado Edén; de cómo Dios creó al hombre; y cómo el hombre favoreció la introducción del pecado en el mundo, y de cómo lo perdió todo incluso el derecho a vivir eternamente. Para los gentiles era desconocido que había un Dios único; uno que no era similar a los dioses que ellos adoraban. Uno que a pesar de manifestarles su voluntad en sus conciencias como dice Pablo en Romanos 1, les era totalmente desconocido. En verdad a los gentiles había que trabajarles sus conciencias hasta hacer que entendieran qué es pecado y cómo se originó en el mundo. La tarea, a pesar de ser complicada, fue realizada exitosamente porque el Espíritu Santo la acompañaba con milagros portentosos.

Las cartas apostólicas cuentan cómo el evangelio avanzaba exitosamente por todas las ciudades, y describe cuán poderoso era el impacto que causaba en las conciencias paganas. En verdad ese impacto era asombroso pues la conversión incluía pobres y ricos, reyes y súbditos, esclavos y amos, letrados e ignorantes. El mensaje, siendo de origen divino, había sido diseñado para impactar a millones, cuyas almas desesperadamente clamaban para ser librados de su destino de muerte.

A pesar de ser bastantes las ciudades gentiles mencionadas en el Nuevo Testamento donde la iglesia fue establecida, ese número parece ser menor que el de las ciudades donde la iglesia también fue establecida pero que sólo son mencionadas con poco énfasis; lo cual podría sugerir la mención sólo de iglesias que de alguna manera servirían de bases desde donde el mensaje continuaría expandiéndose. De las iglesias de Macedonia poco se dice, lo mismo de aquellas en Galacia, en Italia, etc.

El contraataque judío

El evangelio a los gentiles consistía en mostrar que Dios deseaba revertir la condición humana para dar vida en abundancia a cuantos creyeran en él y en su Divino Mensajero, y le obedecieran.

He allí la situación en la cual los judaizantes entran en escena. Para ellos de ninguna manera era posible ser anunciado que Dios estaba con sus brazos abiertos dispuesto a recibir a cuantos desearan acercársele por fe en Cristo sin recurrir a elementos rituales a los cuales ellos se mantenían sujetos y en los cuales la muerte era la respuesta a cualquier desobediencia.

Como resultado del empeño judaísta, los gentiles convertidos al evangelio, en no pocas ciudades, vinieron a entrar en confusión. El dilema era creer en Dios y en Su Hijo por fe (como enseñaban los apóstoles), sin necesidad de sujetarse a elementos rituales, o creer en Ellos mediante la obediencia a mandamientos rituales establecidos en la Ley. El dilema les era verdaderamente crucial. Mediante el evangelio habían conocido quién era Dios, ahora tenían que elegir entre la enseñanza apostólica y la judaizante. En verdad para muchos de ellos la elección fue difícil.

Nadie duda sobre las dificultades que afrontaron los apóstoles a medida en que el desarrollo de la iglesia fue llevándose a cabo, sobre todo, aquellas promovidas por los acérrimos enemigos del evangelio que incesantemente les estropeaban la misión. Porque en verdad, tenaz era la decisión antievangélica de importar hacia la mente gentil el sistema ritual dado a Israel para un tiempo específico, con cuyo esfuerzo intentaban mantenerlo vivo aunque las condiciones en él establecidas no encajaban en ningún otro país del mundo excepto en la tierra de Israel.

Para los judíos opositores lo importante era contradecir la enseñanza apostólica de creer en Dios sólo por fe sin obedecer mandamientos rituales; ¿qué mejor paso podría rendir los frutos deseados, sino aquel de introducirse a la iglesia y desde allí emprender la tarea?

Muy probablemente el mensaje judío era algo así como: “está bien que tú creas en Dios como te lo han presentado por medio del evangelio, pero la situación no es tan fácil, pues para ser aceptado por Dios debes obedecer a sus leyes que Él nos ha dado a nosotros”. Seguramente el mensaje debió incluir la historia israelita desde la elección del patriarca Abraham, así como la historia de la circuncisión. De esa manera su mensaje quedaba en mejor posición, que la explicación dada por los apóstoles. Los apóstoles, por su parte, constantemente explicaban que al aceptar a Cristo hacía a los gentiles adquirir la paternidad del patriarca sin tener necesidad de ser circuncidados ni de someterse a aspectos rituales.

El libro de Hechos de los Apóstoles dedica varias porciones de su historia a mencionar la forma activa conque los contrarios al evangelio trabajaban influenciando a los convertidos hasta hacerles sucumbir de su fe. Su trabajo era tan activo que se les mira por toda el Asia Menor y partes de Europa moviéndose casi exclusivamente en aquellas ciudades donde los apóstoles habían abierto el camino para que los gentiles conocieran a Dios, a su hijo Jesucristo y el plan de salvación.

En verdad nunca en su historia los judíos habían dedicado tanto tiempo a convertir gentiles a su religión como sucedió en la época apostólica cuando la iglesia de Dios empezó a predicar. Inquietos porque al predicar acerca de Dios, y del sacrificio de su Hijo, los apóstoles estaban cosechando abundantes frutos, los judíos vieron abierta la puerta de la oportunidad para presentar la circuncisión junto con todo el marco ritual que a medias habían obedecido a lo largo de centurias.

Grande trabajo y muchos contratiempos tuvieron que afrontar los apóstoles en la expansión del evangelio; trabajo que incluyó discutir públicamente contra los judaizantes con el fin de desenmascararles su real propósito que consistía en esclavizar a los gentiles bajo un sistema de justificación ya inoperante.

Esta controversia urgió, más que todo, al apóstol Pablo, quien teniendo mucho trabajo por hacer, tenía al mismo tiempo que vigilar que los convertidos no fueran confundidos por la doctrina judaísta. Incluso en más de una ocasión se le escuchó emplear palabras duras y hasta proferir maldición (Gálatas 1:9) en contra de quienes disfrazados de mensajeros de Dios desviaban a los convertidos del recto propósito divino.

La carta a los Colosenses y la carta a los Gálatas son mensajes verdaderamente fuertes en contra de los judíos opositores al evangelio, y reflejan tanto la preocupación paulina por el peligro a que los gentiles estaban siendo enfrentados, como también refleja cierto grado de frustración al ver su empeño, en cierto modo, burlado por quienes, al poco tiempo de haber él trabajado estableciendo iglesias, saltaban sobre la presa cual depredadores.

Además de eso, viendo que el evangelio progresaba rápidamente, procedieron a comisionar otros hombres diestros en la Ley para enfrentarse a los líderes del pueblo naciente, y para iniciar la labor de “desintoxicar” a los israelitas evangélicos, incitándoles a rechazar la nueva enseñanza y a volver a la senda antigua. Ese contraataque fue la razón básica por la cual la Carta a los Hebreos fue escrita. Hebreos es la más bella exposición evangélica de las bondades de la ley de Moisés y de la superioridad del sacrificio de Cristo. Sin lugar a dudas, su lectura ayudó bastante a los israelitas que estaban siendo presionados a volver al judaísmo. Si ésta fue leída también por los gentiles, seguramente les sirvió para entender la diferencia entre la Ley y la Gracia.

Indudablemente la iglesia apostólica tuvo grandes dificultades en mantener a salvo a los convertidos, entre los cuales se encontraban tanto judíos que habían abandonado su religión por aceptar a Jesucristo y su mensaje sencillo de salvación, como también a los convertidos gentiles.

Pero una cosa importante es digna de mencionar: A pesar del constante asedio enemigo de la fe, la iglesia estaba a salvo, aprendiendo correctamente cómo obedecer a Dios. Los apóstoles eran la autoridad máxima porque sabían manejar la Palabra de Dios. Ellos fueron las fuertes columnas contra las cuales se estrellaban violentamente todas las pretensiones judías de anular la obra de Cristo. Indudablemente la doctrina, en su más pura expresión, fue practicada por la iglesia apostólica porque sus líderes ni la mezclaron con elementos ritualistas justificativos de la Ley, ni mucho menos la mezclaron con costumbres paganas.

La Transición que vendría (siglo D. C. II en adelante)

Pero los apóstoles no fueron habilitados para vivir eternamente, tarde o temprano su tiempo de partir llegaría. Ellos lo sabían, por eso, la necesidad no sólo era predicar el evangelio por todos los rincones de la tierra, sino preparar gente para ser guías espirituales de las iglesias establecidas, las cuales requerían de administración y de guianza espiritual no sólo para aquellos que fueron convertidos por el mensaje de ellos, sino por quienes continuarían convirtiéndose por el mensaje después de su muerte, esa, en verdad, era tarea ardua, poco fácil y enteramente delicada. Los años siguientes a la muerte del último de los apóstoles: Juan, mostrarían si con el adiestramiento recibido los líderes dominarían magistralmente la Palabra como las grandes Columnas.

A Pablo le oímos decir: “Pon ancianos por las vías” (Tito 1:5), e, “Instruye a tiempo y fuera de tiempo” (2 Tim. 4:2), es decir, en todo momento. Declaraciones cuyo significado dan a entender que la misión de establecer la iglesia con bases fuertes era el principal cometido apostólico.

Pero la pregunta es: ¿Tendrían todos aquellos sucesores la misma capacidad para encarar los problemas ocasionados por los judaizantes tal como los apóstoles? Los hechos demuestran que no. El asunto de enfrentarse a los judíos no sólo consistía en frenar sus intentos proselitistas, sino en mantener el mismo equilibrio de fe sostenida por los apóstoles. Las pugnas entre ambos grupos muestran que entre el modo apostólico de ver la fe recibida, y el modo de verla de algunos de sus sucesores hay enorme diferencia; primero, porque los apóstoles eran de origen judío, lo cual es importante ya que a su fe en Dios sólo había que hacerle ajustes para acomodarla al nuevo sistema, asimismo, esa experiencia era el fundamento importantísimo para hacer de la iglesia un cuerpo siempre familiarizado con los lineamientos de conducta y de fe ordenados por Dios y libre de cualquier contaminación pagana. En cambio los líderes de la iglesia a partir del siglo segundo eran, en gran parte, de origen gentil; ellos eran conocedores del paganismo en sus diferentes expresiones. Por eso, entre el modo judío de ver el respeto a Dios, y el modo pagano de verlo, hay marcada diferencia, lo cual, a medida en que el tiempo avanzaba iba quedando demostrado.

La historia muestra que los líderes, a partir del siglo segundo de nuestra era, no conocieron cómo balancear la gracia con el conjunto de mandamientos de índole santificante contenidos en la Ley como magistralmente lo habían hecho los apóstoles muchas décadas atrás cuando se inició la predicación. En consecuencia, la iglesia, a partir de entonces, vino a ser diferente de aquella sostenida por los apóstoles. El conocimiento y mención de la Ley es vago, carente de la verdadera fuerza nacida del correcto entendimiento y dominio. Para algunos de aquellos líderes postapostólicos la ley era un conjunto de mandamientos que por ser practicados por los judíos, había que desechar.

En realidad, hablar sobre algo que se desconoce sólo conduce a confusión, a frustración y a pesimismo, lo cual puede verse como trasfondo cuando se leen los escritos de los sucesores apostólicos involucrados en la lucha. Indudablemente, aquellos hombres se esforzaron por sostener la iglesia de Dios a salvo de los tentáculos asfixiantes de un enemigo que no descansó en sus intentos contraristas. Pero el esfuerzo a la postre vino a desembocar en resultados que ni ellos mismos previeron, llegando una gran porción de la iglesia a desviarse paulatinamente hasta ubicarse como un cuerpo que buscó establecer una doctrina libre de “sabor judío” a costas de mantener costumbres paganas.

Es cierto, la Iglesia (como vino a ser conocida siglos más tarde) posee sus raíces en la iglesia organizada por los apóstoles, lamentablemente, los cambios que llevó a cabo para borrar definitivamente cualquier rasgo judío la hicieron un cuerpo totalmente diferente al cuerpo por el cual los apóstoles tanto se afanaron.

Innegablemente, de la iglesia apostólica, emergió la Iglesia, la cual, para continuar invariablemente en el mismo camino de fe trazado por los apóstoles, debió haberse mantenido exactamente bajo la enseñanza de ellos, sólo de esa manera pudo haber llegado a ser la continuación ininterrumpida de la iglesia del primer siglo, pero no lo fue.

La fuerza de los sucesores inmediatos (aprox. 60-100 D. C.)

La segunda mitad del siglo primero de nuestra era estaba bastante avanzada, casi para terminar; aquel gran apóstol que sin cesar viajaba visitando iglesias, que escribía para sostener la fe depositada en las iglesias, que prevenía contra los anticristos, que organizaba iglesias y día y noche enseñaba la correcta doctrina, hacía muchos años que había muerto. Ya no estaba presente para sostener con su invariable fe a los líderes que había puesto en las iglesias. Con todo, la confianza de ellos estaba fresca lo cual dio a la iglesia la oportunidad de continuar expandiéndose y siguiendo los mismos pasos establecidos por los grandes apóstoles.

Indudablemente carecían de la misma experiencia apostólica, con todo, no se experimentaron cambios en la doctrina recibida. Todo esto, porque unos fuertes y decididos hombres que por muchos años estuvieron al lado de Pablo, continuaban empeñados en salvaguardar la iglesia.

Así, Lucas, que para ese entonces ya estaba en edad avanzada era una base fuerte de apoyo doctrinal. Hombres como Tito, Timoteo y otros entre los cuales posiblemente se encontraban Apolos y Bernabé continuaban supliendo las fuerzas necesarias para los ancianos dirigentes de las iglesias.

Posiblemente los judíos dieron un grito de victoria sabiendo que Aquél que les era imposible vencer no se cruzaba más por su camino. Al fin estaban trabajando con afán por introducir sus creencias. Sin embargo, la iglesia del primer siglo continuó creciendo a pasos agigantados llegando a lugares donde los apóstoles no alcanzaron a llegar.

La inexperiencia: un costo muy alto (siglo II en adelante)

El tiempo continuó transcurriendo y los líderes adiestrados por los apóstoles poco a poco fueron cediendo la dirección de la iglesia a otros líderes. Ahora la enseñanza recibida estaba en manos de terceros, estaba en manos de quienes continuarían la labor de guiar a la iglesia por el mismo camino que la guiaron los apóstoles.

Si lo lograrían o no, la historia dice lo que pasó. Si lo sucesores directos de los apóstoles lograron sostener la doctrina y mantener la iglesia a salvo, esta generación de líderes no tuvo la misma suerte, parece ser que los judíos finalmente obtendrían la victoria total deseada. Aquel dominio de la Ley y de la gracia construida por los apóstoles y fuertemente sostenida por sus inmediatos sucesores empezó a decrecer. No se terminó por supuesto, ya que Eusebio de Cesarea, en su “Historia Eclesiástica” menciona a líderes que en el siglo segundo se mantenían viviendo la enseñanza original. Pero, por lo que él dice hace pensar que el distanciamiento y ruptura total con los judíos y con la Ley en general era inminente, y estaba bastante próxima a desencadenar nefastos resultados para la iglesia; incluyendo el abandono total de las prácticas apostólicas tales como la Cena del Señor, cuya fecha de celebración (14 de Nisán), por ser “judía” fue abandonada para celebrarse siempre en viernes.

La falta de conocimiento de los líderes gentiles postapostólicos respecto al contenido general de la Ley hizo que los judíos triunfaran sobre ellos, por supuesto que eso no significa que la iglesia haya caído vencida por el judaísmo, sino que al rechazar a los judíos la iglesia se inclinó más a buscar su propia identificación libre de elementos mencionados en la Ley y más apegada a elementos extraños totalmente ajenos del contenido bíblico.

Los líderes gentiles eran acorralados fácilmente porque desconocían aquello sobre lo cual los judíos hablaban confiadamente. En realidad, no se puede hablar con acierto y con abundancia sobre aquello que se desconoce (o que se conoce a medias). Cuando se habla respecto a un campo sobre el cual se posee poco dominio, siempre se divaga, se hablan cosas sin sentido, y cosas carentes de verdadero apego a la Palabra de Dios. Esa era la dificultad de los líderes gentiles de la iglesia. Semejante situación vino a crear algo así como resentimiento en medio de la impotencia; y en lugar de proteger a la iglesia de la enseñanza judaizante, dejando intacta la interpretación y obediencia de todos los mandamientos universales, arrasaron por parejo, teniendo como resultado el abandono del santo día de reposo que fue instituido por Dios miles de años antes de que Israel existiera como nación.

Existe una lista de escritos bastante abundante atribuidos a unos líderes cristianos que al parecer, allá por el siglo diecisiete de nuestra era fueron denominados como “padres apostólicos”. Algunos de sus escritos (como se verá más adelante) son una clara muestra del denuedo y grande valentía para defender a la iglesia, enfrentando a los judaizantes con verdadera fuerza espiritual, pero con poco dominio sobre aspectos que los judíos conocían con mayor amplitud.

Aunque los anticristos estaban errados en su modo de entender el plan de salvación, los líderes cristianos no tenían la suficiencia para combatirlos y demostrarles su error como magistralmente lo habían hecho Pablo y Apolos.

Los escritos de los padres apostólicos son más que todo admonitivos, preventivos y estimulantes. En ellos, los consejos para vivir en santidad es el punto principal. Cada tópico que abordan es hecho con dominio del significado acerca de sufrir pacientemente cualquier arremetida de sus enemigos, incluso hasta sufrir martirio con tal de no blasfemar el Nombre. Lamentablemente en lo referente a asuntos de la Ley muestran falta de conocimiento, falta de dominio. Allí es donde los judíos golpeaban.

Seguramente los judíos habrían continuado perdiendo la batalla, o al menos habrían continuado esforzándose en extremo por conseguir algún pequeño beneficio para su causa si los líderes cristianos hubieran tenido suficiente dominio de las Escrituras como lo tuvieron sus antecesores.

Frutos de la inexperiencia

Es doloroso mirar que debido al poco dominio en asuntos de la Ley, los líderes de la iglesia procedieron a mirar a los judíos como enemigos, y a la Ley como indeseable, como inapropiada para ellos y para la iglesia.

Por resentimiento, por falta de habilidad para hablar de la Ley, o por romper definitivamente con los judíos, algunos líderes optaron por desechar todo lo relacionado a la Ley. Dejaron de creer en ella. Dejaron de mirar los elementos santificantes que en ella se encuentran. Desistieron de adorar a Dios en Sábado y empezaron a mirar con beneplácito la adoración en un día que Dios nunca mandó.

Si ellos hubieran entendido que lo desechable era la circuncisión, el sistema ritual-justificativo, y el calendario festivo; y hubieran entendido que los mandamientos encaminados a evitar las manchas del pecado nada tenían que ver con lo ritual, la situación para la iglesia habría sido totalmente diferente, más no fue así. Urgidos a solucionar definitivamente el problema de intromisión judaizante, decidieron romper en definitiva con todo aquello en lo cual Israel estaba mezclado, eso corroyó totalmente las bases originales de fe de la iglesia.

De esa manera surgió un cristianismo en el cual todo aquello referente a la Ley quedaba relegado totalmente. Hasta el día de hoy los resultados continúan invariables; y los argumentos actuales para la defensa del primer día de la semana como día de reposo son hechos tomando como base el rechazo del Sábado llevado a cabo por los líderes postapostólicos del siglo segundo de nuestra era; en lo cual se soslayan las razones que aquellos tuvieron para desecharlo.

Tristemente, la tenacidad judía fue la causante, en parte, de hacer que los cristianos que recién estaban conociendo a Dios y saliendo del paganismo, procedieran a adoptar posiciones más defensivas que atacantes. Esas posiciones defensivas vinieron a ser como una puerta de escape a través de la cual salir hacia un campo multitudinario mucho más amplio que aquel al cual sus enemigos trataban de introducirlos. De esa manera fue como empezaron a aborrecer la observancia del Sábado, séptimo día de la semana y a regresar al primer día en el cual antes de su conversión habían adorado al sol, y era observado por el Imperio Romano, imperio que por cierto rechazaba totalmente el sistema de adoración de los israelitas incluyendo el Sábado.

Es de notar que al rechazar los obispos anunciar la observancia del Sábado, la evangelización se hizo más fácil, no les sería necesario explicar a los nuevos convertidos que creer en Dios requería de obedecer el cuarto mandamiento del Decálogo. Siendo la observancia del primer día de la semana una costumbre milenaria entre los paganos, incluyendo aquellos que estaban siendo evangelizados, la única faena sería predicarles las buenas nuevas sin enseñarles a observar leyes. Los nuevos convertidos no tendrían que aceptar el evangelio teniendo que vivir en rebeldía al gobierno mundial romano. ¡Roma la gran precursora del día del sol en la Iglesia!

De esa separación promovida por los judíos, a la cual optaron los líderes de la iglesia a partir del siglo segundo, surgió la Iglesia.

Capítulo II - Algunos escritos de los padres apostólicos

Epístola de Ignacio a los Magnesianos. Epístola de Bernabé. Diálogo contra Trifón. Apología de Justino Mártir

En los subtítulos anteriores se mencionan los padres apostólicos y sus escritos. En este capítulo se transcriben algunas porciones con el propósito de leerlos y de corroborar lo que respecto a ellos se ha venido diciendo.

Dichosamente, en la actualidad se posee en lengua Española la traducción de aquellos piadosos hombres, lo cual proporciona a los investigadores una valiosa herramienta de investigación.

Epístola de Ignacio a los Magnesianos (aprox. 110 D. C.)

“8. No os dejéis seducir por doctrinas extrañas ni por fábulas anticuadas que son sin provecho. Porque si incluso en el día de hoy vivimos según la manera del Judaísmo, confesamos que no hemos recibido la gracia; porque los profetas divinos vivían según Cristo Jesús. Por esta causa también fueron perseguidos, siendo inspirados por su gracia a fin de que los que son desobedientes puedan ser plenamente persuadidos de que hay un solo Dios que se manifestó a través de Jesucristo su Hijo, que es su Verbo que procede del silencio, el cual en todas las cosas agradó a Aquél que le había enviado.

9. Así pues, si los que habían andado en prácticas antiguas alcanzaron una nueva esperanza, sin observar ya los sábados, sino moldeando sus vidas según el día del Señor, en el cual nuestra vida fue brotando por medio de Él y por medio de su muerte que algunos niegan -un misterio por el cual nosotros obtuvimos la fe, y por esta causa resistimos con paciencia, para que podamos ser hallados discípulos de Jesucristo, nuestro solo Maestro-, si es así, ¿cómo podemos vivir aparte de Él, siendo así que incluso los profetas, siendo sus discípulos, estaban esperándole como su maestro por medio del Espíritu? Y por esta causa Aquél a quien justamente esperaban, cuando vino los levantó de los muertos”. (Epístola de San Ignacio a los Magnesianos, 2:8,9. “Los Padres Apostólicos”, p. 180-181, J. B. Lightfoot, Editorial Clie).

Es enteramente notoria la preocupación de Ignacio por el acoso que la iglesia estaba sufriendo a manos de los judaizantes. Para él era crítico advertir a los creyentes sobre los verdaderos propósitos de los enemigos de la gracia. Sus palabras: “No os dejéis seducir por doctrinas extrañas ni por fábulas anticuadas que son sin provecho. Porque si incluso en el día de hoy vivimos según la manera del Judaísmo, confesamos que no hemos recibido la gracia” lo reflejan. Pero al mismo tiempo muestran a una iglesia que aun habiendo transcurrido varias décadas desde la muerte de los apóstoles, continuaba adoleciendo de indecisión sobre la conveniencia de vivir en la gracia o dentro del judaísmo. El bien fundado temor de Ignacio proyecta una iglesia en la cual algunos creyentes favorecían la posición del enemigo.

Su exposición a este respecto es acertada, porque vivir dentro del judaísmo indudablemente equivalía a desechar la gracia. Pero debe advertirse que la Palabra de Dios desde Génesis hasta Malaquías no es judaísta ni tampoco pertenece a ellos sino a la humanidad. La Palabra de Dios es un legado para la humanidad, no para los israelitas. Es cierto que a ellos les fue dada la Ley ritual y la circuncisión, y muchas profecías se relacionan con ellos exclusivamente. Pero de igual manera muchas profecías mencionan a los gentiles como recipientes de abundantes bendiciones. También es cierto que gran parte de la Ley contiene mandamientos dados a la humanidad muchos siglos antes de existir Israel como nación. Obedecerlos, de la misma manera como los obedecieron aquellos que vivieron siglos antes de existir Israel como nación, de ninguna manera ha significado vivir conforme al judaísmo sino conforme a la voluntad de Dios.

En su otra declaración Ignacio confunde el esquema justificativo mosaico con la gracia traída por Cristo: “porque los profetas divinos vivían según Cristo Jesús. Por esta causa también fueron perseguidos, siendo inspirados por su gracia.”. Si la gracia de Cristo hubiera estado vigente dentro de Israel al mismo tiempo en que la Ley dominaba, entonces su venida personal habría sido innecesaria, pues en semejante situación, vivir apegado totalmente a la Ley habría significado vivir en Cristo.

Ignacio sugiere que los profetas actuaban por inspiración de la gracia de Cristo, lo cual no tiene apoyo bíblico. Los profetas fueron martirizados en Israel no porque vivían según la gracia de Cristo sino porque contradecían la impiedad y el paganismo al cual muchos reyes israelitas se inclinaban. Ellos, y muchos dentro del pueblo, se santificaban y alcanzaron la vida eterna no por gracia, sino por vivir en obediencia a todos los requisitos de la Ley (Levítico 18:5).

Ignacio agrega: “Así pues, si los que habían andado en prácticas antiguas alcanzaron una nueva esperanza, sin observar ya los sábados, sino moldeando sus vidas según el día del Señor”.

Es incómodo abordar estos aspectos, mas la fuerza de la necesidad lo requiere. Definitivamente Ignacio evidencia poco conocimiento acerca del tópico del cual habla. Ninguno de aquellos que vivieron en la ley pudieron haber alcanzado justificación por desobedecerla como él lo dice.

Dios ya había declarado que dentro de Israel tendrían vida únicamente quienes vivieran apegados a la ley. De hecho, entretanto el nuevo pacto no viniera, el antiguo era el único requisito para agradar a Dios, luego entonces, al decir que “aquellos alcanzaron una nueva esperanza, sin observar ya los sábados”, es un lamentable error. Los profetas vivieron apegados a la voluntad de Dios durante toda su vida, siendo su principal objetivo obedecer su Ley.

La Santa Escritura es clara al mencionar “los sábados” como un conjunto de ellos, también menciona “el Sábado”. Entre ambas palabras existe profunda diferencia, la cual debe ser buscada dentro de la misma Palabra de Dios. Porque la mención del Sábado invariablemente se refiere al séptimo día de la semana instituido santo desde la Creación; en cambio los sábados hacen referencia a todos las festividades rituales sabáticas dadas exclusivamente a Israel. El Sábado no nació en Israel sino en la Creación, pero los sábados sí, pues fueron diseñados por Dios como parte del calendario festivo israelita.

Seguramente Ignacio incluyó como desechable al séptimo día de la semana junto al resto de sábados por dos razones: Primera, porque el séptimo día de la semana vino a ser incluido dentro del libro de la Ley a la par de todos los otros días de reposo. Segundo, porque el Sábado era observado según la tradición por los grandes enemigos de los cristianos.

Otro argumento ignaciano dice: “siendo así que incluso los profetas, siendo sus discípulos, estaban esperándole como su maestro por medio del Espíritu?”. Lamentablemente éste carece de bases escriturales. Los profetas no fueron discípulos de alguien a quien todavía faltaban varios siglos para que apareciera sobre la tierra, lo prueba la ausencia total de alguna alusión al respecto tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo.

Y aún otro argumento de él dice: “Y por esta causa Aquél a quien justamente esperaban, cuando vino los levantó de los muertos”. Por demás está decir que su aseveración desencaja totalmente de la enseñanza apostólica, la cual dice que los muertos está en el sepulcro esperando hasta que todos los que han de ser salvos sean levantados por Cristo en su venida (Hebreos 11:40). No existe texto en toda la Santa Escritura en donde se diga que profeta alguno haya sido vuelto a la vida para estar al lado del Salvador del mundo.

Si ese tipo de argumentos eran los presentados ante los judaizantes en las disputas, entonces ellos tenían suficientes bases para imponerse frente a los obispos y para acercarse a los convertidos gentiles para judaizarlos. Cada error de apreciación era un punto negativo para la causa del evangelio. Estos argumentos definitivamente eran las puertas por donde entraban los argumentos judíos para contradecir. Con este tipo de argumentos era verdaderamente imposible frenar al enemigo.

No hay dudas de que el punto de vista ignaciano acerca de la Ley y de las Escrituras en general se basaba únicamente en su imaginación. Sus declaraciones transcritas aquí claramente lo reflejan.

En consecuencia, la lucha contra los de la circuncisión vino a ser para la iglesia una lucha desigual. Aquellos holgadamente, y con sobrada confianza, imponían sus puntos de vista legalistas, mismos que, aunque hayan desencajado enteramente de la verdad divina, eran sostenidos con la suficiente experiencia de haber sido normas tradicionales en Israel.

Los argumentos de Ignacio claramente dicen que la situación predominante dentro de la iglesia del siglo segundo era de total confusión. Los líderes estaban acorralados por los judaizantes; en semejante situación no habían razonamientos poderosos de los cuales echar mano para anular los dardos del enemigo.

Combatir el proselitismo en contra de la iglesia al cual los de la circuncisión estaban empeñados requería no sólo de buena voluntad y empeño, sino del dominio de los tópicos sobre los cuales se disputaba. En realidad, entre los líderes apostólicos y los postapostólicos del segundo siglo había marcada diferencia. Era notoria la ausencia de un exfariseo como Pablo—amplio conocedor de la Ley (Filipenses 3:5-6); de un Bernabé (Hechos 11:22) cuya experiencia al lado de Pablo le capacitó para la lucha; de un Apolos (Hechos 18:24-28) que resueltamente y con poderosa fuerza buscaba a los judíos principales para probarles por medio de la Palabra que estaban equivocados; de un Zenas que era similar en capacidad a sus grandes compañeros (Tito 3:13).

De esa manera, los momentos críticos a que la iglesia a partir del siglo segundo fue sometida, no resultaron beneficiosos.

La Epístola de Bernabé (aprox. 130 D. C.)

Obviamente, este Bernabé no es el compañero de Pablo sino uno posterior.

Esta epístola es otra que muestra cuán desafortunada era la enseñanza “bíblica” sobre la cual una parte de la iglesia del siglo segundo estaba siendo fundada. Tan desafortunada al grado de recibir como enseñanza algo que la Escritura no menciona. Véase algo al respecto.

“Del Sábado Él habla en el principio de la creación: Y Dios hizo las obras de sus manos en seis días, y terminó el séptimo día, y reposó, y lo santificó. Observad, hijos, lo que significa esto: Él terminó en seis días. Quiere decir esto, que en seis mil años el Señor dará fin a todas las cosas; porque para Él un día significa mil años; y de esto Él mismo da testimonio, diciendo: He aquí el día del Señor será como mil años. Por tanto, hijos, en seis días, esto es, dentro de seis mil años, todo tendrá fin. Y Él reposó el séptimo día. Esto significa: cuando su hijo venga, y ponga fin al período del Inicuo, y juzgue a los impíos, y cambie el sol y la luna y las estrellas, entonces Él reposará verdaderamente el séptimo día. Sí, además dijo: Lo santificarás con manos puras y con corazón puro. Por tanto, si cualquiera puede ahora santificar el día que Dios santificó, a menos que sea puro de corazón, es que nos hemos extraviado en gran manera. Por tanto, podemos reposar y santificarlo (y no antes de entonces) cuando podamos hacerlo después de ser justificados y recibir la promesa, cuando la iniquidad ya no existe y todas las cosas sean hechas nuevas por el Señor, entonces podremos santificarlo, porque nosotros mismos habremos sido santificados primero. Finalmente les dice: Vuestras lunas nuevas y vuestros sábados no puedo tolerarlos. Ved lo que significa: no son vuestros sábados presentes los que son aceptables [para mí], sino el sábado que yo he hecho, en el cual, cuando todas las cosas estén en reposo, yo haré el comienzo del octavo día que es el comienzo de otro mundo. Por tanto, también nosotros guardamos el octavo día para gozarnos, en que también Jesús se levantó de los muertos, y habiendo sido manifestado, ascendió a los cielos...” (Epístola de Bernabé 15. Ibid. Pgs. 352-353).

¿Será que este escritor estaba consciente de sus dichos, o qué? Óigase lo que dice: “Quiere decir esto, que en seis mil años el Señor dará fin a todas las cosas; porque para Él un día significa mil años; y de esto Él mismo da testimonio, diciendo: He aquí el día del Señor será como mil años”. La mención de seis mil años “creativos” inmediatamente sugiere un esquema extraño al contexto general que presentan las Escrituras. Su concepto fue desconocido para los apóstoles. De acuerdo a Bernabé, ¿qué pudo haber significado Dios cuando ordenó a Israel reposar en el séptimo día de la semana (Éxodo 20:8-11) así como Él reposó en ese día?

Es cierto que la Palabra dice que para Dios un día es como mil años. Pero el “como” sirve sólo para comparar, no para establecer una regla. Incluso dentro de la eternidad de Dios una trillonésima de segundo es como mil años, o mil años como una trillonésima de segundo, esto, porque en la eternidad no existe el tiempo. Con todo, ese concepto desaparece cuando el tiempo es aplicado a la tierra donde somos regidos por ese elemento. Así entonces, al decir: “Quiere decir esto, que en seis mil años el Señor dará fin a todas las cosas”, Bernabé desencaja totalmente del contexto Escritural al establecer una idea totalmente incoherente. Su modo de creer sugiere fuertemente que él no fue enseñado ni por los sucesores inmediatos de los apóstoles, ni mucho menos por los apóstoles.

¿Qué pudieron haber pensado los judíos al oír una enseñanza tal proveniente de uno de los líderes de la iglesia? ¿No es este tipo de creencias un enorme vacío aprovechado por la contraparte para presentar sus razonamientos ante los creyentes evangélicos?

Las palabras del Cuarto Mandamiento declaran: “y reposó Dios en el séptimo día”, con todo, Bernabé lo desmiente al decir: “entonces Él reposará verdaderamente el séptimo día”. Según esto, Dios no reposó verdaderamente después de la Creación, pero lo hará hasta después de haber transcurrido seis mil años.

Según este Bernabé, el Sábado del cual Cristo es el Señor (Marcos 2:28) carece de importancia. Además, temerariamente, pone en labios del Altísimo Dios palabras que Él nunca dijo: “cuando todas las cosas estén en reposo, yo haré el comienzo del octavo día que es el comienzo de otro mundo”. En su intento de impedir la enseñanza judía, él no vacila en cometer blasfemia agregando a la Palabra de Dios lo que ella no dice. ¿De dónde sacó Bernabé que alguna vez Dios haya declarado para tiempo futuro la creación de ese “octavo día”? Sin lugar a dudas lo sacó de su imaginación.

Obsérvese cómo la impertinencia judía estaba dando paso a enseñanzas extrañas y al rechazo a la observancia del Sábado dentro de la iglesia. Para el tiempo de Bernabé, no sólo predominaba el rechazo hacia los judíos, sino que la enemistad hacia ellos era evidente, eso incluyó la insensibilidad hacia la santidad del Sábado.

Tristemente, el rechazo del Sábado y la preferencia por el primer día de la semana se hizo notorio en la iglesia a partir del siglo segundo porque los líderes en turno dentro de la iglesia no podían contender eficazmente contra los promotores de la circuncisión. Como se ha dicho antes, la poca capacidad combativa, el poco conocimiento de las verdades bíblicas y el empeño por defenderse, corroyó el ánimo de aquellos líderes. Esa corrosión se manifestó en resentimientos y en rechazo de las divinas verdades respecto al Sábado. Induciendo incluso a algunos de aquellos líderes a recurrir a forjar argumentos imaginarios.

Justino Mártir (aprox. 110-165 D. C.)

DIÁLOGO CONTRA TRIFÓN

Justino fue otro de los varones esforzados que velaron por salvaguardar al pueblo de Dios de la trampa de los proselitistas de la circuncisión, pero al igual que otros que se enfrentaron a ellos, su entendimiento relacionado a la Ley es escaso y, desafortunadamente, carente de buen tino.

En mi opinión personal, después de haber leído este “diálogo” a la única conclusión a la que puedo llegar es que es imaginario. En él, este Trifón es presentado como un judío que a pesar de estar ejercitado en el conocimiento de la Ley, está en tremenda desventaja ante Justino, quien le aclara con amplitud de detalles lo que la Escritura dice.

Me atrevo a pensar que este diálogo no fue escrito por Justino sino por alguien posterior que, valiéndose del nombre del obispo, quiso engalanar a un hombre de origen pagano con conocimientos que supuestamente estaban fuera del alcance de Trifón.

De todas maneras, oigámosle.

“Puesto que tú has leído, Oh Trifón, como tú mismo lo admites, las doctrinas que enseñó el Salvador, No pienso haber actuado neciamente al haber agregado algo de énfasis de él a las declaraciones proféticas. Por lo tanto, lávate y sé ahora limpio, y aleja la iniquidad de tu alma como Dios propone que seas lavado en lavatorio y sé circuncidado con la verdadera circuncisión. Porque también nosotros observaríamos la circuncisión hecha en la carne, y los sábados, y en síntesis todas las festividades, si nosotros no supiéramos las razones por las cuales fueron dadas, -es decir debido a vuestras transgresiones y a la dureza de vuestros corazones. Porque si nosotros pacientemente llevamos todas las cosas detalladas contra nosotros por hombres malos y demonios, tanto que incluso rodeados de crueldades, muerte y tormentos, nosotros oramos por misericordia de aquellos que infligen tales cosas sobre nosotros, y no deseamos dar la más mínima respuesta a nadie como el nuevo Dador de la ley nos mandó: ¿cómo no sería pues, Trifón que nosotros no observaríamos esos ritos que no nos causan daño, -hablo de la circuncisión en la carne, y de los Sábados, y las fiestas? (Justino.-Diá- logo contra Trifón).

Por sus propias palabras puede surgir la pregunta si en realidad Justino estaba consciente de lo que decía cuando liberó sus argumentos apologéticos contra Trifón, porque él, sin vacilar declara: “Porque también nosotros observaríamos la circuncisión hecha en la carne, y los Sábados, y en síntesis todas las festividades, si nosotros no supiéramos las razones por las cuales fueron dadas, - es decir debido a vuestras transgresiones y a la dureza de vuestros corazones...”. Todo lector de las Escrituras, familiarizado con el contenido de la Ley, sabe que el propósito principal divino al haberles dado las festividades fue para que el pueblo se regocijara. Pero dentro del calendario festivo había una solemnidad cuyo propósito era mantenerlos limpios de pecado. Esa solemnidad es conocida como el día de las expiaciones. Aparte de ese día Él les detalló los pasos a seguir siempre que incurrieran en transgresión, consistente, en su mayor parte, en el sacrificio de animales por la culpa. Las festividades, como su nombre lo indica, les fueron dadas para alegría y no como consecuencia de las transgresiones y dureza de corazón como erróneamente Justino dice.

Justino también está desacertado al decir que la circuncisión les fue dada debido a las transgresiones y a la dureza de sus corazones. De sobra es sabido que la circuncisión no nació en Israel sino en el pacto que Dios concertó con Abraham; y la circuncisión era la ceremonia por la cual todo recién nacido descendiente del patriarca pasaba a pertenecer a Dios.

APOLOGÍA CONTRA EL EMPERADOR

Justino es uno que observaba del día del sol en vez del Sábado. Por el modo conque habla, y por su linaje pagano, sugiere que el Sábado nunca estuvo presente en su vida.

Justino escribió una apología contra el Emperador Romano en defensa de la fe profesada por él y por su iglesia. En esa apología se defiende contra las calumnias en su contra, de las cuales el Emperador posiblemente había sido informado. Su defensa consiste más que todo, en informarle que su iglesia no era guardadora del Sábado sino del día del sol (primer día de la semana). Acerca del día de adoración, hace su defensa de la manera siguiente:

“Al Emperador Tito Elio Adriano Antonio Pío Augusto César, y a su hijo Verísimo el Filósofo, y a Lucio el Filósofo, el hijo natural de César, y al hijo adoptado de Pío, un amante de aprender, y al sagrado Senado, con toda la gente de los Romanos, Yo Justino, el hijo de Prisco y nieto de Baquio, nativos de Flavia Neápolis en Palestina, presento este discurso y petición a favor de aquellos en todas las naciones que son injustamente odiados y cruelmente abusados, siendo yo mismo uno de ellos...

Y en el día llamado día del sol, todos los que viven en las ciudades y en el campo, se juntan todos en un sólo lugar, y las memorias de los apóstoles o los escritos de los profetas son leídos tanto como el tiempo lo permite; después, cuando el lector ha terminado, el presidente instruye verbalmente a la imitación de esas cosas buenas...

Pero el día del sol es el día en el cual todos tenemos nuestra asamblea común, porque es el primer día en el cual Dios, habiendo obrado el cambio de las tinieblas en materia, hizo el mundo; y Jesucristo nuestro Salvador en el mismo día se levantó de los muertos. Porque Él fue crucificado en el día antes del de saturno (sábado); y en el día después del de saturno, el cual es el día del sol, habiendo aparecido a sus apóstoles y discípulos. Él también enseñó estas cosas, las cuales hemos sometido ante ti también para su consideración. (Justino Mártir, Primera Apología, Capítulo 67).

Saltan a la vista las razones por las cuales Justino enfatiza ante el Emperador que él se mantenía en obediencia al sistema idólatra romano el cual requería de todos sus ciudadanos la observancia plena a sus decretos, incluyendo el decreto de observar el primer día de la semana, o día del sol.

Los rumores ante el Emperador ponían en dudas la obediencia, en semejante caso, Justino estaba siendo ubicado ante Roma como desobediente y hereje, la muerte era el paso a seguir.

Para Justino, el haber sido acusado de no observar el día del sol era una calumnia que urgentemente había que aclarar.

El trasfondo de esta apología, más que todo, no es para mostrarle al Emperador bases escriturales por las cuales el día del sol era observado por aquella iglesia. Sino para mostrarle que el decreto romano sobre la dedicación de ese día era obedecido. Sí, la intención principal era aclararle que él, Justino, obedecía a Roma reposando el día del sol en vez del Sábado.

Pero a pesar de su defensa ante el Emperador, su suerte ya estaba echada. Tiempo después le sería demandada la plena obediencia a todo el sistema idólatra romano ante lo cual se negó, sellando con eso su muerte.

“Rústico, el prefecto, pronunció la sentencia, diciendo: ‘Que todos aquellos que han rehusado sacrificar a los dioses, y ceder al mandamiento del emperador sean severamente castigados, y llevados al sufrimiento del castigo por decapitación’.”

Capítulo III - De algunos versículos de la Escritura

Mateo 28:1-6. Hechos 20:7-11. Romanos 14:5-6. 1 Corintios 16:1- 2. Colosenses 2:14-16. Apocalipsis 1:10. El día del sol. Tertuliano. Lo que la teología dominical no dice. Tomás de Aquino. Efesios 2:12-16. Conclusión.

MATEO 28:1-6

Pasado el sábado, al amanecer del primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. De pronto hubo un gran terremoto, porque un ángel del Señor descendió del cielo y, acercándose, removió la piedra y se sentó sobre ella. Su aspecto era como un relámpago, y su vestido blanco como la nieve. De miedo de él, los guardas temblaron y se quedaron como muertos. Pero el ángel dijo a las mujeres: «No temáis vosotras, porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado. No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. Venid, ved el lugar donde fue puesto el Señor...”.

Indiscutiblemente, la tradición, milenaria por cierto, ha dado por seguro que la resurrección del Salvador del mundo ocurrió el primer día de la semana en horas de la madrugada; la manera en que Mateo 28:1 es traducido de la lengua original fomenta la idea. Discutir al respecto es innecesario porque nadie duda que el gran evento aconteció en ese día.

Es debido a esa creencia que el primer día de la semana fue declarado por la iglesia del siglo II como “domingo”, o sea, “del Señor”. En realidad, se desconoce en qué punto del tiempo es que a ese día se le empezó a denominar como tal.

La Sagrada Escritura muestra que la transferencia de la santidad del sábado al primer día de la semana está totalmente ausente de los labios del Divino Maestro. En ningún momento se le escucha insinuando semejante transferencia ni en sus días ni para después de su muerte. Él mencionó varias veces su muerte y su resurrección, pero no sugirió ninguna de esas ocasiones para cambiar lo que su Divino Padre estableció.

Esa ausencia conduce a entender que la identificación del primer día de la semana como día del Señor se originó por iniciativa propia de los obispos líderes para lo cual ninguno de ellos tenía mandato alguno ni mucho menos autoridad.

Entre lo que la Iglesia hizo, y los mandamientos de Cristo, no existe relación sino oposición, porque ella transfirió la santidad del séptimo día de la semana al primero para lo cual no tiene autoridad divina. Santificar y dedicar el primer día de la semana para adoración carece de sentido en la relación de obediencia del hombre para Dios. Nadie tiene permiso para competir con Él modificando sus decretos.

Así, siendo que nuestro Salvador no cambió el Sábado por el domingo, ni instruyó a sus apóstoles para realizar semejante cambio, éste debe ser buscado en la iglesia del siglo segundo, que sin dudas fue el siglo donde empezaron a surgir modificaciones a las enseñanzas bíblicas. Es a partir de ese tiempo cuando la inexperiencia de los obispos en el campo Escritural, más el acoso constante de los judaizantes, más la fuerza autoritativa del imperio romano, dieron como resultado el favorecimiento del día del sol como el día de adoración en muchas iglesias de origen pagano.

No faltan razones para concluir en que el rechazo del Sábado por el primer día de la semana dentro de la iglesia a partir del siglo segundo se debió a iniciativas personales de aquellos dirigentes de la iglesia que no pudieron contrarrestar la superioridad del acoso judío. Otra razón bastante fuerte fue su entera familiaridad con ese día antes de convertirse en Cristianos.

Curiosamente, ellos mismos se encargan de declarar que durante su tiempo y en los siglos siguientes existían iglesias que continuaban teniendo al sábado como el genuino día de adoración, a las cuales, por supuesto, miraban con recelo porque en su evangelización a los paganos lo incluían como estando en plena vigencia. Una prueba de esto es el edicto de Constantino en el año 321 A. D., en el cual se impone para todo el imperio la ley de reposar el día del sol y de trabajar en sábado. Obviamente, ese edicto nació porque había gente que guardaba ese día incluyendo tanto a judíos inconversos como convertidos al evangelio,

Uno de los más grandes enfatizadores de la adoración a Dios en el primer día de la semana, como se ha dicho antes, fue Justino Mártir, quien dedicó gran parte de sus escritos a combatir la observancia del Sábado y a enfatizar el día del sol como el día para los cristianos. Con todo, cuando se leen su “Diálogo contra Trifón” y sus “Apologías” puede advertirse con sobrada notoriedad que la anulación que él hace del día se basa en trasfondo ancestral y en su modo de interpretar la Sagrada Escritura, la cual, con decidido afán, se encarga de presentar como que en realidad dice lo que él entiende de ella.

Sus escritos reflejan el disgusto que le causaban los judíos. Pero su intolerancia está plenamente mostrada hacia el Sábado, al cual minimiza y destroza repetidas veces con verdadero desdén. Notoriamente, en ninguno de sus escritos lo valoriza con el sentir conque lo hizo el Señor Jesucristo (Marcos 2:28). En cambio, pondera el día del sol como su día de adoración. Justino era filósofo griego, era pagano convertido al Cristianismo, que hablaba de la Palabra de Dios sin poseer el sentimiento apostólico, pero que hablaba acerca del día del sol con denuedo y verdadero conocimiento de él.

En resumen, Aun si fuera cierto que el Señor haya resucitado en el primer día de la semana, el evento de ninguna manera puede ser tomado como argumento para cambiar lo que Él ha diseñado. Si cambiar el día de reposo hubiera sido necesario, entonces Dios mismo se habría encargado de cambiarlo, y primero lo habría anunciado por medio de los profetas (Amós 3:7), pero nada de eso ha ocurrido. Todo continúa como fue diseñado desde el principio. Más bien, haber tomado la resurrección para fortalecer el sentimiento de adoración al sol es una excusa que surgió en el siglo segundo de nuestra era. Más adelante se muestra a Tertuliano escribiendo a la iglesia, lamentándose de que el primer día de la semana no haya sido tomado para adorar a Cristo sino como continuación del culto al sol.

HECHOS 20:7-11

“El primer día de la semana, reunidos los discípulos para partir el pan, Pablo que tenía que salir al día siguiente, les enseñaba, y alargó el discurso hasta la medianoche. Había muchas lámparas en el aposento alto donde se hallaban reunidos. Un joven llamado Eutico estaba sentado en la ventana, y rendido de un sueño profundo por cuanto Pablo disertaba largamente, vencido del sueño cayó del tercer piso abajo, y fue levantado muerto. Entonces descendió Pablo y se echó sobre él, y abrazándolo, dijo: —No os alarméis, pues está vivo. Después de haber subido, partió el pan, lo comió y siguió hablando hasta el alba; y luego se fue.”

La base para creer que en esa ocasión se celebraba el memorial es la mención que se hace de los discípulos que se reunieron para “partir el pan”. Según la teología de la santa cena dominical, esa frase hace alusión al partimiento del pan realizado por el Maestro en su memorial. Pienso que debiera reflexionarse en que esa frase no fue dicha por Cristo, ni mucho menos la dejó como clave para mencionar el memorial, más bien fueron los evangelistas quienes la escribieron como parte de su relato.

Si habiéndola dicho ellos es posteriormente tomada para decir que en Hechos 20:7-11 era el memorial el que se celebraba, entonces habría que creer que Pablo celebraba el memorial a cualquier hora, en cualquier lugar, él solo o junto a cualquier persona, ya que Hechos 27:35 dice: “Y dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, lo partió y comenzó a comer.” . “Partir el pan” es una expresión común para referirse a tomar los alimentos. Hechos 2:46 también la menciona sin que por ello signifique celebrar el memorial, ¿por qué habría de significarlo al haber sido mencionada en Hechos 20:7-11?

Notoriamente, el relato de Hechos 20:7-11 no menciona que haya habido repartimiento de vino, que es el segundo elemento base del memorial. Porque si en verdad era el memorial el que Pablo iba a celebrar, debió haber mencionado también el vino, que junto con el pan es elemento base, pero no lo menciona.

Lo que el texto transcrito fuertemente sugiere es una cena de despedida, la cual, si se observa la escena, para Pablo, esa cena era de secundaria importancia, prueba de eso es que él “alargó el discurso hasta la medianoche”. Para él, lo más importante no era cenar sino predicar la Palabra. De haber sido el memorial el que iba a ser celebrado, seguramente le habría dado toda la prioridad requerida, porque siendo una doctrina fundamental para la fe de la iglesia, él la habría enfatizado en lo posible.

En realidad, para establecer el memorial tomando como base Hechos 20:7-11, se requiere de mucha imaginación, nada de exégesis y nada de hermenéutica.

De acuerdo con Hechos 20:6, los días de los panes sin levadura habían terminado varios días antes. Esa fiesta israelita era celebrada del 15 al 22 de Nisán; el día 14 se debía celebrar la Pascua, la cual por cierto, fue tomada por el Señor para su memorial. Si a los cinco días mencionados en Hechos (20:6) se le suman los siete días de los panes sin levadura resultan doce días, entonces significa que cuando Pablo se reunió para “partir el pan”, habían transcurrido no menos de doce días desde que el memorial había sido hecho. Pablo realizó el memorial en Filipos.

Eusebio de Cesarea declara que en la iglesia del siglo segundo la fecha del memorial continuaba siendo el 14 de Nisán. Por consiguiente, el argumento acerca de una supuesta celebración del memorial en la narración de Hechos 20:7-11 no es válido.

El argumento también fracasa pues el memorial debe ser celebrado a partir de la puesta del sol, tal como el ejemplo dado por el Maestro. Mas por la descripción proporcionada en Hechos, ese partimiento del pan ni fue realizado a partir de la puesta del sol, ni mucho menos aquella reunión era relevante. Incluso la medianoche ya había pasado y Pablo aún continuaba predicando, sólo se sentó a comer hasta después de haber atendido a Tíquico que cayó de la ventana donde se encontraba.

ROMANOS 14:5-6

Uno hace diferencia entre día y día, mientras que otro juzga iguales todos los días. Cada uno esté plenamente convencido de lo que piensa. El que distingue un día de otro, lo hace para el Señor; [y el que no distingue el día, para el Señor no lo hace]”. (La frase entre corchetes no forma parte del texto Griego).

¿Menciona este texto al primer día de la semana como habiendo sido adoptado por los cristianos romanos? No. ¿Está Pablo autorizándoles a elegir el primer día de la semana? No. ¿Está el texto diciendo que Pablo toma como cosa normal el que los cristianos romanos decidan qué día reposar? No. ¿Sugiere el texto que cada persona tiene libertad para guardar el Sábado o el primer día de la semana según el gusto personal? No.

Por la simple lectura claramente se ve que Pablo no está diciendo que los romanos decidían qué día reposar. Su frase: “Uno hace diferencia entre día y día”, no es base para eso a menos que al leer el texto se decida darle esa interpretación.

En realidad, el texto puede ser tomado como base para tener libertad de elegir cualquier día de reposo según el gusto personal sólo si se piensa que de eso es que Pablo está hablando. Desde ese ángulo es aceptable pensar que se puede reposar cualquier día siempre y cuando se haga para agradar al Señor.

Razonando de esa manera puede argumentarse que Pablo autoriza a cada persona para que establezca el séptimo día como su día preferido, o el primero, o segundo o cualquier otro día, después de todo, cualquier día semanal que elija “lo hace para el Señor”. Razonar que Pablo deja en libertad a la persona para decidir es cargarlo diciendo que para él no es Dios quien establece cómo obedecerle, sino que cada persona establece sus propias reglas aunque no sean del agrado de Dios.

Si el texto es examinado cuidadosamente, entonces pueden notarse dos cosas: Primero, la ausencia de referencias a la Ley es total, lo cual conduce a pensar que el asunto sobre el cual está hablando no tiene ninguna relación a ella. Incluso no menciona en lo absoluto que el asunto tratado tenga que ver con la voluntad de Dios; por el contrario, sus palabras se relacionan con la voluntad humana. Segundo, Pablo no está diciendo que cada persona tiene libertad para escoger el día de reposo que más le agrade. Es totalmente opuesto a los principios de orden del Evangelio pensar que cada gentil usaba de libertad para escoger el día de adoración de su complacencia. La obediencia a Dios es un asunto tan delicado que nunca ningún humano a sido dejado en libertad para decidir cómo adorarle, mucho menos los gentiles convertidos al evangelio que desconocían a Dios y su voluntad.

La ausencia de referencias al primer día de la semana es total, e indica que Pablo no lo tiene en mente.

A Israel le fueron dadas muchas leyes por medio de las cuales conoció cómo obedecer y agradar a Dios. ¿Habría sido posible que a los gentiles que habían sido adoradores de dioses, incluyendo al “sol invicto” y servidores de cultos diabólicos se les estuviera diciendo que quedaban en libertad para que ellos escogieran el día de su preferencia? Semejante cosa no forma parte del pensamiento paulino.

Notoria es la obediencia de Pablo a la Ley. Su opinión es que la ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno (Romanos 7:12), y entendiendo él que lo abolido por Cristo fueron los sacrificios expiatorios por el pecado y las justificaciones por medio de holocaustos, y no mandamientos morales entre los cuales está el Sábado, entonces se vuelve necesario para la teología explicar cuál es la base sobre la cual demostrar que Romanos 14:5-6 está declarando el Sábado como abolido y el primer día de la semana como instituido. En realidad, Romanos 14:5-6 no es base para afirmar que los apóstoles recomendaron la observancia del primer día de la semana. Romanos 14:5-6 no habla ni acerca del Sábado ni del primer día de la semana.

1 CORINTIOS 16:1-2

“En cuanto a la ofrenda para los santos, haced vosotros también de la manera que ordené en las iglesias de Galacia. Cada primer día de la semana, cada uno de vosotros ponga aparte algo, según haya prosperado, guardándolo, para que cuando yo llegue no se recojan entonces colectas”.

Las preguntas a formular son: ¿Sugiere este texto que los cristianos en Corinto adoraban a Dios en el primer día de la semana? ¿Sugiere este texto que la iglesia celebraba sus reuniones el primer día de la semana? Las respuestas son no, no son base bíblica para enfatizar eso. Basta una lectura sencilla para mirar que 1 Corintios 16:1-2 no está mencionando en lo absoluto reuniones congregacionales. Ni siquiera una vaga referencia a ellas es sugerida. La frase “cada primer día de la semana cada uno de vosotros aparte algo” es sencilla y no debiera ser ajustada hasta la hacerla aparecer como que los corintios debían recoger algo cuando estuvieran en la iglesia.

Según sus propias palabras, Pablo está empeñado en recoger donativos para los pobres de la iglesia en Jerusalén, algunos de esos donativos serían llevados por él, otros, como en el caso de los corintios, podían ser llevados por una delegación nombrada por esa iglesia. Como quiera que sea, el punto principal es recoger la ofrenda, la cual él recomienda sea hecho “junto a sí mismo” (como el texto griego dice); pero él ni sugiere ni mucho menos ordena que para recogerlas había que celebrar un servicio religioso hogareño en ese día. Él dice que debían recogerlas en sus hogares y que al tiempo señalado debían estar listas “para que cuando yo llegue no se recojan entonces ofrendas” (1 Cor. 16:2). En sí, la palabra reunión, o servicio, o iglesia, o recoger una ofrenda en una reunión eclesial están ausentes. El texto no dice que la iglesia se reunía el primer día de la semana.

El argumento a favor del primer día de la semana podría surgir que al principio los Cristianos tenían sus reuniones en las casas en ese día, y por lo tanto, la orden de Pablo de recoger aquellas ofrendas en las casas es base segura para demostrar que la iglesia se reunía el primer día de la semana. Es verdad que durante las primeras décadas de la iglesia las reuniones eran en los hogares, con todo, el caso de los corintios queda excluido ya que Pablo claramente dice que ellos no se reunían en casas particulares sino en lugares preparados al respecto. Véase 1 Corintios 11:20-22.

COLOSENSES 2:14-16

“Él anuló el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, y la quitó de en medio clavándola en la cruz. Y despojó los principados y las autoridades y los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz. Por tanto, nadie os critique en asuntos de comida o de bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o sábados...”

El punto principal por el cual este texto es importante para la validez del primer día de la semana, es la mención de los “sábados”. Si bien es cierto que su mención de ninguna manera es referencia al séptimo día de la semana, mucho menos fue escrito con intenciones de sugerir permiso para que la iglesia de las naciones, junto con los obispos, adquirieran permiso para continuar prefiriendo el primer día de la semana.

Indiscutiblemente, el primer pensamiento que salta en la mente es que el texto sugiere libertad personal para no guardar el séptimo día de la semana.

Lo primero que debiera de hacerse, si es que en verdad hubiera interés por conocer el tópico al cual Pablo se refiere, sería estudiar detenidamente cuál fue esa acta de los decretos, o, como dice el texto griego: “documento manuscrito” y ver las razones por las cuales Pablo dice que “era contra nosotros”.

Curiosamente, siendo judío, Pablo se incluye, incluye a otros judíos e incluye a la iglesia cuando dice que ese documento manuscrito les era contrario, o sea, contenía aspectos que por sus funciones y naturaleza estrictamente nacional israelita se oponía al esquema universal traído por Cristo.

El “documento manuscrito” era contrario “a nosotros”, o sea a judíos y a paganos porque se oponía a que ambos pueblos pudieran formar uno solo, el cual es llamado iglesia de Dios (1 Corintios 10:32).

La perspectiva contenida en el nuevo pacto traído y validado por la Divina Sangre en la cruz, abrió definitivamente nuevos y más amplios horizontes. Esos horizontes fueron de reconciliación entre dos pueblos que durante muchísimas centurias vivieron cada uno por su lado.

Cristo no quitó ni invalidó ninguna ley ni el poder de muerte que posee sobre los humanos en general, de otra manera ¿cómo juzgará Dios al mundo? Pero se la quitó, o se la anuló para que no tenga efecto sobre los humanos que aceptan el nuevo pacto (espero que se entienda esto).

En la frase, “nadie os critique en asuntos de comida o de bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o sábados”, ese “nadie” se refiere a los judíos tradicionalistas que tomaban la ley a su manera, y desde ese ángulo criticaban y reprobaban a quienes, según ellos, no obedecían la voluntad divina. Por lo tanto, es un error de catastróficas consecuencias que las palabras de Pablo respecto a las críticas de los judaizantes sean tomadas como motivación para rechazar la observancia del séptimo día de la semana.

Otro punto interesante se encuentra en la mención de “comida o de bebida, o en cuanto a días de fiesta, luna nueva o sábados...”. Todo eso se refiere a un sólo aspecto: Las festividades celebradas por el pueblo israelita. Parece ser que debido a que los gentiles convertidos a Cristo no las celebraban eran motivo de señalamientos reprobantes por parte de los judíos que deseaban atraerlos para circuncidarlos y convertirlos en prosélitos.

Todo eso, aunque fue quitado de en medio por Cristo, es sombra de lo por venir; y lo es porque de acuerdo a los profetas, las festividades mosaicas volverán a ser celebradas en el reino de Cristo, en el cual tanto Israel como las fiestas mosaicas volverán a tener importancia. Ciertamente, esas fiestas fueron quitadas de en medio porque era necesario formar un pueblo en el cual ninguna raza tuviera predominio o importancia. Por ende, la explicación que hace Pablo es crítica para entender el tipo de pueblo que Dios desea para sí, un pueblo libre de sentimientos humanos en los cuales las clases y los privilegios dados para determinado tiempo quedaran enteramente excluidos.

La santidad y honra del séptimo día de la semana permanece inalterable. No importan las interpretaciones que los judíos le hayan dado, lo que importa es el sentido que Dios le dio.

Si Pablo menciona esas comidas, bebidas, días de fiesta, lunas nuevas y sábados, entonces no está refiriéndose al séptimo día de la semana, de otra manera él sería específico en mencionarlo.

APOCALIPSIS 1:10

“Estando yo en el espíritu en el día del Señor oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta...”

Declarar que Juan, en Apocalipsis, es el primero de los apóstoles que se refiere al primer día de la semana como día del Señor, es uno de los más grandes regalos que la teología dominical se ha hecho a sí misma a través de los siglos.

Al seguir la tradición nadie discute al respecto, tampoco pone en tela de dudas que la teología está correcta. Con todo, ¿Qué tan cierto es que cuando Juan menciona el día del Señor se esté refiriendo al primer día de la semana? La teología dominical no lo puede probar por carecer de bases.

Véase por qué: La frase “día del Señor” (kyriaké hemera) no identifica un día semanal específico. Debido a eso, la declaración es tomada por un segmento del Cristianismo para aplicarlo a un lapso indefinido de tiempo en el cual aparecen en detalle varias escenas escatológicas. Para ese segmento, el “día” mencionado por Juan no es uno de veinticuatro horas sino un tiempo indefinido. Actuando imparcialmente puede decirse que ese punto de vista es aceptable y muy difícil de rechazar. Con todo, el otro segmento, quizás mayoritario, toma esa misma frase con énfasis para aplicarlo al primer día de la semana, cuyo argumento, por cierto, posee menos peso que el otro.

Como quiera que sea, si se toma esa frase para aplicarla a un día de veinticuatro horas, la realidad se mantiene: La frase “día del Señor” no identifica al primer día de la semana.

Si se quisieran seguir los pasos y el entendimiento apostólico respecto al verdadero día del Señor, entonces hay que recordar que Juan escuchó a su Maestro cuando declaró que él es Señor del sábado (Marcos 2:28), por lo tanto, si la frase “día del Señor” fuera aplicada a un día semanal, el contexto bíblico conduce a entender que él se refiere al Sábado. Lamentablemente la propaganda a través de los siglos, después de la muerte de los apóstoles, ha sido tanta a favor del primer día de la semana, al grado que al leer “día del Señor” (kyriaké hemera en Griego, dominica dies en Latín) inmediatamente surge la idea de estar mencionando el primer día de la semana y no el Sábado que de acuerdo a la Palabra de Dios es el verdadero día del Señor.

Aunque en Español el Cristianismo llama al primer día de la semana, Domingo (Latín=“de Señor”), en Inglés se ha mantenido su nombre correcto “día del sol”, o Sunday.

Por eso, aunque en Latín se diga “dominica dies”, eso de ninguna manera significa “Señor del primer día” como popularmente se sostiene. Esa frase simplemente significa “día del Señor”. Otorgar mentalmente ese título al primer día de la semana no es base para establecer lo que Cristo nunca autorizó.

El día del sol

Dentro de las páginas del Nuevo Testamento no existen bases para decir que los santos apóstoles hayan mirado un día de reposo diferente de aquél que por miles de años ha sido declarado ser el día en que Dios reposó de todas sus obras. De hecho, el afán teológico extrabíblico es el único que cree mirar en los escritos inspirados las bases apostólicas para semejante cambio.

Lo que puede mirarse respecto al primer día de la semana es que su dedicación, en contra del designado por Dios, se llevó a cabo cuando la humanidad caída empezó a caminar en el tiempo sin la orientación divina. Ese caminar, en lugar de ser un empeño por enmendar el error cometido en Edén, se realizó yendo en dirección contraria. Así, la voluntad de Dios hacia el hombre es no matar, pero el hombre instituyó el crimen. La orden divina es no idolatrar, pero el hombre decidió fabricar imágenes. El diseño divino para la humanidad es la felicidad, pero el hombre se inclinó por la infelicidad. El deseo divino instituyó el Sábado como día santo, pero el hombre instituyó el primer día para honrar a sus dioses.

Generalmente conocido es que los primeros hombres en adorar al sol en el primer día de la semana fueron los babilonios y los egipcios, y a medida en que el tiempo transcurrió, otras naciones les imitaron. Unos tres mil años después de los egipcios nació Roma, la cual adoptó al sol como su dios principal y al primer día de la semana como su día de adoración.

Nunca antes de Cristo, ni después de su muerte, el Sábado ha sido el día de reposo entre los paganos. Esa es una razón más que suficiente que ellos han tenido para desecharlo y para reforzar la validez del día que designaron para sus cultos.

Es importante entender que el Sábado, desechado por los paganos, fue dado por Dios a Israel cuando hizo con ellos el antiguo pacto y el nuevo pacto. En ninguna parte de las Escrituras dice que después del pacto del Sinaí Él lo haya dado como reposo a otras naciones. El Sábado es un recuerdo del día reposado por Dios, y un recuerdo de su vigencia entre aquellos que están bajo el nuevo pacto, incluyendo a los gentiles que aceptan a Cristo (Efesios 2:12). De esto se habla más adelante.

La historia acerca del primer día de la semana como día de reposo conduce a entender que nació varios miles de años antes del aparecimiento del Cristianismo. El primer día de la semana, como día de reposo, no nació como fruto de una supuesta resurrección de Cristo en ese día, más bien fue tomado oficialmente, como se ha venido diciendo, debido a la poca capacidad postapostólica de frenar a los de la circuncisión, y porque nunca, entre ellos ese día dejó de ser de adoración.

El muy escaso propósito de los paganos convertidos al Cristianismo de entender el relato evangélico de la Resurrección facilitó introducir ese día y darle el carácter oficial que en nuestros días predomina en la mente de miles de millones de Cristianos.

Además, otro de los factores sumamente poderoso para la adopción del primer día de la semana, fue el dominio Romano. Desde mucho antes de la venida del Salvador a la tierra, Roma era la dueña del mundo, por lo tanto, imponía sus sistema religioso.

Es interesante notar que Roma no había presionado a Israel a adoptar el día del sol como día de adoración sino que le había permitido mantenerse en la observancia del Sábado. Las cosas seguramente no habrían cambiado si Israel hubiera permanecido aceptando al Imperio como gobernante, pero las cosas no fueron de esa manera. Israel, siempre rebelde, deseaba no sólo libertad para obedecer la Ley sino libertad total como la había tenido en el tiempo de algunos de sus reyes. Roma lo sabía, pero los toleraba, incluso les puso reyes que no les impedían el libre ejercicio de su fe.

Pero las cosas iban a cambiar. Esa libertad iba a desaparecer dentro de pocos años. El momento vino cuando Israel hizo su último intento liberador el cual por cierto fracasó ocasionando terribles resultados.

La gran insurrección civil llevada a cabo en el año setenta de nuestra era fue severamente castigada por el Imperio, cuyo castigo incluyó el incendio del Templo y de la ciudad; asimismo incluyó la deportación de cientos de miles de judíos a otras tierras.

Fue debido a ese incidente que la adoración “al estilo israelita” empezó se ser mirada con recelo. A partir de ese entonces Roma demandaría más obediencia de sus súbditos, cuyas demandas indudablemente favorecieron la introducción en la iglesia de Dios del descanso en el “venerable” día del sol.

La intolerancia romana hacia los rebeldes israelitas, más la insistencia de ellos a forzar a los creyentes israelitas a revalidar la circuncisión, y a los gentiles a introducirlos a ese campo, fueron decisivos para que el milenario día del sol fuese mantenido por algunos líderes Cristianos como su día de adoración.

Notoriamente, los líderes cristianos contrajudaizantes son más conocidos que el resto de líderes cristianos que aun a pesar del cambio que se estaba realizando, continuaron sosteniendo el Sábado como el genuino día de adoración. Los no mencionados, por cierto, sumaban decenas de líderes y, seguramente, miles eran los creyentes, pero de ellos muy poco se dice; vagamente son mencionados como cristianos que guardaban el Sábado.

Tertuliano (aprox. 150 D. C.)

El sol y la dedicación del primer día de la semana para adorarlo no eran desconocidos para la iglesia de los siglos siguientes a la muerte de los apóstoles y de sus sucesores inmediatos. Lamentablemente, la verdad respecto a eso permanece en las sombras, oculta para no revelar la situación predominante en muchas las iglesias gentiles. Esa verdad es la relacionada a sus creencias idólatras. Aun siendo “cristianos” ellos en realidad continuaban viviendo en sus prácticas paganas. Esa fue la causa principal por la cual algunos Padres de la Iglesia (Orígenes y Atanasio entre ellos) dedican sendas porciones de su literatura a combatir la participación pagana en las iglesias.

La “cristianización” llevada a cabo entre las naciones, con lo cual las masas paganas fueron introducidas al seno de la Iglesia, repercutió negativamente. Es decir, vino a convertirse en paganización de los cristianos sencillamente porque la masa pagana no abandonó sus creencias ni sus costumbres referente a los ídolos sino que las trajo a la Iglesia.

Todo el trabajo realizado por los grandes apóstoles misioneros y por sus sucesores inmediatos fue desperdiciado en gran parte por la mentalidad que modificó el mensaje original mediante la introducción de un conjunto de creencias totalmente extrañas, despojadas del trasfondo Escritural. Entretanto aquellos pioneros trabajaron por limpiar a los paganos de sus idolatrías y por evitar una iglesia dependiente del sistema ritual justificativo israelita; la cristianización masiva del mundo romano revirtió el propósito porque los líderes en turno no tuvieron la misma visión de los pioneros, porque no sólo combatieron las pretensiones judaizantes sino también a las leyes universales de Dios. Al haber obrado de esa manera dejaron libre el camino para que los paganos aceptaran el cristianismo sin abandonar sus creencias ancestrales, creencias que por cierto están prohibidas por la Ley de Dios.

Las doctrinas enseñadas por los apóstoles no fueron vistas desde el punto de vista israelita-cristiano como en el siglo primero, sino desde el punto de vista pagano-cristiano. Una prueba de eso lo constituyen las palabras de Tertuliano, quien en sus escritos refleja cierta desilusión al ver a los paganos cristianizados experimentando mixtura de creencias. He aquí un ejemplo al respecto.

“Para Nosotros para quienes los Sábados y los festivales de lunas nuevas otrora amados por Dios son extraños; la Saturnalia y año nuevo, los festivales de medio invierno y Matronalia están frecuentemente presentes. El intercambio de regalos de año nuevo acompañan vuestros deliciosos y especiales banquetes. !Oh mejor la fidelidad de las naciones a sus sectas, que no toman las solemnidades cristianas para sí mismos, tampoco al día del Señor, ni el Pentecostés. Aun si ellos las conocieran no compartirían con nosotros pues temen parecer Cristianos! Sin embargo nosotros no tememos ser como los paganos. Si hay alguna satisfacción que se le pueda dar a la carne, tú se la das. Yo no hablaría acerca de tus propios días festivos. Pues entre los paganos cada día festivo ocurre sólo una vez al año, en cambio para ustedes los días festivos ocurren cada octavo día. Reúne cada solemnidad de las naciones, aun poniéndolas juntas no podrán compararse con el Pentecostés”. (Tertuliano. “Sobre la idolatría”. Capítulo 14).

Adviértese en la lectura de estas líneas que los cristianos (no israelitas, por cierto) no practicaban ninguna de las fiestas dadas por Dios a los Israelitas, tampoco observaban los Sábados, los cuales incluían al séptimo día de la semana. Pero si bien es cierto que no observaban ninguna festividad del calendario israelita, sí observaban las festividades paganas.

El hecho de que festividades tales como “la Saturnalia y año nuevo, los festivales de medio invierno y Matronalia están frecuentemente presentes” claramente dice que los paganos cristianizados en realidad continuaban en sus mismas prácticas ancestrales. Así, el foco principal de Tertuliano está dedicado a mostrar intolerancia hacia las prácticas paganas de la iglesia, prácticas que en realidad lo que hacen es mostrar cuál era la verdadera fe de ellos.

Se supone que el propósito de los cristianizantes era convertir paganos al Cristianismo despojándolos de sus costumbres, pero los resultados muestran que ese esfuerzo no dio los resultados esperados; la iglesia que se creía cristiana en realidad no había abandonado los festivales paganos sino que continuaba en ellos. Tertuliano les dice:

“Sin embargo nosotros no tememos ser como los paganos”.

En realidad estos a quienes él se dirige eran paganos cristianizados, por lo cual ya eran regenerados, supuestamente ya habían dejado las prácticas idólatras y habían pasado a pertenecer a la iglesia de Dios. Mas por lo que se ve, Tertuliano se desconcierta al ver que ellos continuaban invariables en sus costumbres. Sus palabras habían sido más reales si les hubiera dicho algo así como: “mas vosotros no teméis continuar viviendo paganos”.

Tan licenciosos eran aquellos paganos cristianizados que él les dice: “Si hay alguna satisfacción que se le pueda dar a la carne, tú se la das”.

Sin lugar a dudas, aquella iglesia formada por los paganos ni conocía ni practicaba las leyes divinas; sin embargo, conocía muy bien las costumbres paganas y las practicaba. En realidad, no parece que haya habido un tiempo cuando los paganos dentro de la Iglesia hayan abandonado sus costumbres ancestrales.

Notoriamente, la siguiente porción menciona una realidad que Tertuliano se resistía aceptar: En su mente el primer día de la semana era “del Señor”, pero que en la mente de la Iglesia era “del sol”. Oigámosle:

“Otros ciertamente, con más información y aparentemente con más apego a la verdad creen que el sol es nuestro dios. Tal vez creerán que nosotros somos persas, aunque nosotros no adoramos el círculo pintado en una pieza de tela de lino que ellos tienen por todas partes. La idea, sin dudas, se ha originado porque es bien conocido que miramos hacia el Este cuando oramos. Pero ustedes, mejor dicho muchos de ustedes, algunas veces bajo la misma pretensión de alabar los cuerpos celestiales, mueven sus labios en dirección del nacimiento del sol. De la misma manera, si nosotros dedicamos el día del sol para regocijarnos, de un modo totalmente diferente que la de adorar al sol, entonces venimos a tener un parecido con aquellos de ustedes que dedican el día de Saturno al descanso y lujo aunque ellos también están muy lejos de las tradiciones judías de las cuales en verdad son totalmente ignorantes”. (Tertuliano. Apología. Capítulo 16).

De acuerdo a estas palabras, los paganos continuaban invariables, creyendo firmemente que el sol era el centro principal de adoración universal. El hecho que Tertuliano y otros lo hubieran tomado para dedicarlo a la adoración del Señor de ninguna manera cambiaba su significado. Por eso, cuando los paganos no cristianizados miraban a los paganos cristianos celebrando el primer día de la semana inmediatamente concluían que era al sol al cual adoraban. Esto está claro, porque aquellos cristianos en realidad, viviendo en la Iglesia, adoraban al sol. Al menos eso es lo que Tertuliano declara.

La situación imperante dentro de la Iglesia no consistía en sospechas acerca de las inclinaciones de los paganos convertidos a volver a sus costumbres, sino en confirmar que ellos no las habían abandonado. Tertuliano claramente dice: “Otros ciertamente, con más información y aparentemente con más apego a la verdad creen que el sol es nuestro dios. La idea, sin dudas, se ha originado porque es bien conocido que miramos hacia el Este cuando oramos. Pero ustedes, mejor dicho muchos de ustedes, algunas veces bajo la misma pretensión de alabar los cuerpos celestiales, mueven sus labios en dirección del nacimiento del sol”.

Los intentos de hacer aparecer al primer día de la semana como día del Señor habían fracasado en las mentes de los cristianos a los cuales Tertuliano se dirige. El fervor religioso de adorar mirando hacia el nacimiento del sol, y de alabar los planetas no deja lugar a dudas sobre el verdadero sentimiento de ellos.

Notoriamente, sus palabras podrían también sugerir que entre esa porción de cristianos adoradores del sol habían algunos que observaban el Sábado:

“De la misma manera, si nosotros dedicamos el día del sol para regocijarnos, de un modo totalmente diferente que el de adorar al sol, entonces venimos a tener un parecido con aquellos de ustedes que dedican el día de Saturno al descanso y lujo aunque ellos también están muy lejos de las tradiciones judías. De las cuales en verdad son totalmente ignorantes”.

El día que los romanos habían dedicado a saturno era precisamente el Sábado, por eso es que Tertuliano lo llama “día de saturno”. La existencia de ese segmento de “sabáticos” está fuertemente mencionado.

Lo que la teología dominical no dice

En la teología acerca del primer día de la semana como día del Señor nunca se habla con verdadero énfasis acerca de cómo los paganos habían dedicado ese día para adorar al sol. Algunas veces se hace sólo con breves palabras.

Si eso es así, con sobrada razón nunca se aceptará que antes de la iglesia, éste era el día que el Imperio Romano desde hacía cientos de años había dedicado como su día especial siguiendo la influencia milenaria de los caldeos y de los egipcios. Igualmente, nunca se harán estudios exhaustivos por medio de los cuales mostrar que el primer día de la semana, como día de adoración al Señor, nunca fue estimado por los apóstoles, al contrario, la corriente siempre enfatizará que el cambio fue hecho por ellos.

La teología acerca del “domingo” nunca podrá demostrar que entre la dedicación romana al primer día de la semana y su continuidad en la iglesia no exista relación. Más bien, los hechos históricos, algunos de los cuales han sido medianamente presentados en este estudio, claramente demuestran cómo la hegemonía del Imperio ejerció poderosa fuerza sobre el cristianismo al grado de que el primer día de la semana continuó en la iglesia gentil sin ninguna dificultad. Así, el día fue tomado por los obispos de la iglesia no porque ellos lo hayan establecido como novedoso sino sencillamente porque ya era tenido como el preferido por los paganos que fueron cristianizados. El Cristianismo postapostólico ni inventó un nuevo día de adoración, ni mucho menos siguió el ejemplo del Divino Maestro ni de sus apóstoles. Más bien tomó el primer día porque ese había sido siempre su día de adoración. Obsérvese que Justino Mártir, en su “Apología”, habla del día del sol en exacta concordancia con el Imperio, y con beneplácito lo pondera en complacencia del Emperador que le había demandado razón de su sujeción.

Seguramente la teología nunca explicará que para introducirlo como santo en algunas iglesias hubo necesidad de usar argumentos en los cuales la Palabra de Dios fue tomada arbitrariamente como ya han sido citados en páginas anteriores.

Es obvio que si ese día hubiera sido conocido por los santos apóstoles y por sus colaboradores, no habría habido necesidad alguna de enfatizarlo en la iglesia postapostólica, empero siendo totalmente desconocido como el elegido por Cristo fue necesario hacerle bastante propaganda. Recuérdese que en los obispos escritores del siglo segundo se mira énfasis denodado al día romano debido a varios factores de peso entre los cuales estaba la orden del Imperio a reposarlo. Habría sido un desafío episcopal de las iglesias gentiles contra el Roma haber tenido al Sábado como día de reposo en lugar del día del sol.

Los argumentos patrísticos que presentan bastantes iglesias gentiles como guardadoras del primer día de la semana no son base para decir que ese día fue observado desde tiempos apostólicos. El primer día de la semana, como día de adoración, está totalmente ausente del Nuevo Testamento.

La historia acerca de cómo fue cambiado el sábado “judío” por el primer día de la semana es bastante amplia, muy difícil de ser comentada en pocas palabras como este estudio. Con todo, sea este pequeño estudio una herramienta para explorar más a fondo las razones por las cuales el Sábado fue rechazado, día del cual nuestro Divino Señor, en su Palabra, continúa diciendo que él es Señor.

Tomás de Aquino

Como se ha venido mirando en las breves citas hechas a los escritos de los obispos partiendo del siglo segundo de nuestra era, todos los esfuerzos encaminados a realzar el primer día de la semana sobre el Sábado no nacieron por mandamiento divino. Dios el Padre, en su diseño de la Creación, y su Hijo, como constructor, nunca diseñaron ningún cambio respecto al día de adoración. Ellos nunca cambian de parecer.

Mas por las controversias entre obispos y judíos suscitadas durante varios siglos, la inclinación favoreció al primer día de la semana. Prueba de ello lo presenta Tomás de Aquino:

“En la Nueva Ley la observancia del Día del Señor tomó el lugar de la observancia del Sábado, no por virtud del precepto sino por institución de la Iglesia y de la costumbre de los Cristianos...” —Tomás de Aquino. Suma Teológica. De los Preceptos de Justicia. Artículo 3.

Su declaración, “no por virtud del precepto”, entre otras cosas, podría significar que Tomás de Aquino sabía con sobrada claridad que dentro de las Santas Escrituras no existe ningún decreto divino por el cual semejante cambio habría de darse. Tomás sabía que nunca Dios ni su Hijo promovieron semejante cambio.

Asimismo podría sugerir que el precepto explícitamente manda reposar, como sábado, el séptimo día de la semana y no ningún otro día. Infiero esto sencillamente porque existen argumentos en los cuales la palabra “sábado”, la cual significa “reposo”, es tomada para aplicarla al primer día de la semana, de lo cual les surge ingeniosamente declarar que el sábado cristiano no es el séptimo día de la semana sino el primero. Por supuesto que de acuerdo a la Palabra Divina, el nombre “Sábado” es aplicado explícitamente al séptimo día de la semana y no a ningún otro día. Éxodo 31:15 dice:

“Seis días se trabajará, pero el día séptimo es día de descanso consagrado a Jehová. Cualquiera que trabaje en sábado, ciertamente morirá”.

Para el Padre y para el Hijo no existe otro día Sábado o de “reposo”, que no sea el séptimo. Curiosamente, el Sábado nunca fue removido de su lugar en los calendarios. Cualquier calendario siempre muestra al “domingo” como el primero y al Sábado como el séptimo, lo cual claramente dice que para la Iglesia está plenamente claro que el día al cual la Santa Escritura se refiere como de reposo siempre es el séptimo día de la semana.

En ningún momento de la historia ha sido cambiado o alterado el orden de los días semanales. Nunca ha sido insinuado que el lunes, o el martes o el miércoles o el jueves, o el viernes marquen el inicio del ciclo semanal. Por consiguiente, se sabe que los paganos adoraban al sol el primer día de la semana en contraposición a Dios que había reposado el séptimo, y que ese día ha prevalecido a través de los milenios hasta nuestro tiempo como el día dedicado al sol, prueba de ello es su nombre en Inglés “sunday”.

Tomás de Aquino claramente dice una verdad: El sábado no ha sido cambiado por Dios ni por Su Hijo, sino “por institución de la Iglesia y de la costumbre de los Cristianos...”. Adviértase en esto que la Iglesia y los Cristianos mencionados de ninguna manera son la iglesia original y los apóstoles, ya que ellos predicaron en qué consistía la justificación por fe, lo cual de ninguna manera combatía la observancia de mandamientos morales que incluyen al Sábado.

La pregunta es: ¿Desde cuándo los Cristianos tienen autoridad para cambiar o para modificar aquello que Dios ha ordenado que se obedezca? Es cierto que la Iglesia (no la iglesia mencionada en las Escrituras sino la Iglesia) siempre ha declarado poseer autoridad para cambiar lo que Dios ha establecido, con todo, ¿Ha provenido de Dios esa autoridad, o es una concesión hecha a sí misma? Por consiguiente, cualquier alteración al esquema divino no tiene validez. No importan las razones por las cuales los obispos favorecieron al primer día de la semana en lugar del Sábado, lo que importa es entender que Dios no ha autorizado cambios a su Palabra. El Sábado continúa vigente en la mente divina aunque los gentiles declaren que no.

Algo a lo cual se le debe poner mucha atención es que Tomás claramente dice que “en la nueva Ley” el sábado fue cambiado por el domingo (o sea por el primer día de la semana) ¡por la costumbre de los cristianos! Póngase atención a lo siguiente: Los cristianos mencionados en las Escrituras nunca son mencionados como reverenciadores del día del sol, por lo tanto, los cristianos mencionados por Tomás no son otros que aquellos paganos que habiendo sido introducidos en la Iglesia tenían por costumbre ancestral la dedicación del primer día de la semana. En otras palabras, el primer día de la semana dentro de la Iglesia se debió a que ése era el día fue importado por ellos, con la diferencia que se le dio el calificativo de día del Señor.

Tomás de Aquino es una de las figuras cumbres para el establecimiento definitivo de la doctrina de la Iglesia. Para él, todos los argumentos sostenidos por los obispos definieron el rumbo que la Iglesia tomaría definitivamente respecto a su día de adoración. La iglesia apostólica está excluida de ser la autora de cambio alguno. Todos los versículos citados por los apóstoles, principalmente Pablo, nada tienen que ver con las interpretaciones de que fueron objeto por los obispos del siglo segundo en adelante. Haber interpretado sus escritos como validadores del primer día de la semana son sólo armas episcopales para apoyar la observancia de un día que Dios nunca autorizó.

Efesios 2:11-18

“Por tanto, acordaos de que en otro tiempo vosotros, los gentiles en cuanto a la carne, erais llamados incircuncisión por la llamada circuncisión hecha con mano en la carne. En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, aboliendo en su carne las enemistades (la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas), para crear en sí mismo de los dos uno solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante su cuerpo reconciliar con Dios a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros que estabais lejos y a los que estáis cerca, porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre..”

Por increíble que parezca, la verdad acerca del esquema que Dios preparó para unir a judíos y a paganos en un solo cuerpo conocido como “iglesia de Dios” (1 Corintios 10:32) nunca es explicado por los escritores del siglo segundo en adelante. Ninguno, ni los antenicemos ni los postnicenos lo hicieron. Más parece que sus intentos estuvieron siempre enfocados en minimizar en todo lo posible a los israelitas, presentándolos ante los paganos convertidos como personas que por haber rechazado a Jesucristo perdieron totalmente el favor divino, lo cual es un grave error.

Dos cosas principales saltan inmediatamente a la vista cuando se leen sus escritos: El rechazo total a todos los judíos, y el rechazo total a todo lo relacionado a la Ley, especialmente respecto a los sábados rituales-festivos y al Sábado séptimo día de la semana. De esa manera, hablar de los judíos era igual a hablar de la Ley, y hablar de la Ley era hablar de los judíos.

Seguramente la mentalidad postapostólica difiere totalmente de la mentalidad del apóstol Pablo quien en sus epístolas, especialmente en Romanos explica magistralmente la realidad tocante a ambos pueblos, es decir a Israel y a los paganos. Con esa misma maestría ubica cada aspecto de la Ley divina en su lugar exacto. Todo eso es extraño para los obispos. En verdad, entre los santos apóstoles y los escritores postapostólicos no existe comparación de ninguna índole. Los apóstoles entendieron que rechazar la porción ritual justificativa de la Ley de ninguna manera significó rechazar toda la Ley. En cambio los obispos, que por cierto la mayoría era de origen pagano, barrieron con todo. No sólo vieron en los judíos proselitistas a un fiero enemigo sino que incluyeron el Sábado como un día que nada tenía que ver con ellos ni con su modo de ver las enseñanzas de Cristo, todo lo cual tenía como propósito validar el día del sol que sus padres habían adorado.

La carta a los Efesios es de gran valor para conocer la realidad respecto al pueblo de Dios. Nadie que desee conocer lo que Dios preparó para formar su pueblo debe evitar leerla poniendo atención a su contenido.

Con entera claridad Pablo dice a los paganos obedientes a Dios: “En aquel tiempo estabais sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo”. Seguramente ningún obispo que rechazó ser un pueblo con los israelitas estuvo dispuesto a explicar este texto, y no lo estuvo sencillamente porque ellos construyeron una pared que separó de los judíos a los paganos convertidos a Cristo. En verdad es relevante entender que entretanto la muerte del Salvador tenía el propósito de unir a ambos pueblos como dice Pablo, los obispos se afanaron por impedir que eso se hiciera realidad.

Cinco verdades señala Pablo respecto a los convertidos a Cristo, verdades que son claves para entender cómo se formó la iglesia de Dios entre judíos y gentiles:

  1. En tiempo pasado estaban sin Cristo.
  2. Estaban alejados (o sea sin parte ni suerte) de la ciudadanía de Israel.
  3. Eran ajenos (no estaban involucrados) en los pactos de la promesa.
  4. Estaban sin ninguna esperanza de salvación
  5. Estaban enemistados con Dios.

Los obispos encontraron intolerable y difícil de explicar lo que Pablo había declarado a la iglesia apostólica porque les contradecía totalmente en su lucha de distanciamiento.

Para Pablo, Jesucristo es el medio para hacer que los paganos entren a tener participación en los pactos de la promesa. Estas palabras son sumamente críticas para entender qué sucede con los gentiles cuando aceptan a Cristo, pero seguramente nadie que desconozca el propósito del sacrificio en la cruz se llenará de valor para aceptar que ser pueblo de Dios significa ni más ni menos que entrar a participar de los pactos que Dios concertó con Israel y con los patriarcas.

Nadie con experiencia en la lectura de la Palabra ignora que los pactos de la promesa se relacionan con compromisos recíprocos. Los pactos de la promesa no significan algo así como que Dios se comprometió a bendecir a los humanos sin que ellos quedaran obligados a obedecerle. Pacto es pacto, y su significado no debe ser tomado antojadisamente como para creer que el único comprometido es Dios al tiempo que los humanos no están obligados a obedecerle.

Esto es lo que el Cristianismo se esfuerza por minimizar. Esto es lo que Pablo “nunca debió haber escrito” porque destruye totalmente el esquema distorsionado que la Iglesia episcopal instituyó como Religión.

Obsérvese el modo conque Pablo establece la realidad interracial que condujo a dar nacimiento a la santa iglesia de Dios, aquella de la cual está dicho ser “columna y baluarte de la verdad”. Esa realidad es que los paganos o gentiles al obedecer a Cristo vienen a ser participantes de los pactos. Léase detenidamente la porción citada y se concluirá en una realidad incontrovertible: No se puede ser de Cristo y al mismo tiempo estar excluidos de los pactos que Dios concertó con Israel. De hecho, declarar que se es pueblo de Cristo y a la vez rechazar los pactos es un esquema extraño que Dios totalmente rechaza.

¿Cómo podría haber sido posible que aquellos obispos que desechaban totalmente la Ley y los pactos que Dios concertó con Israel, validaran las enseñanzas de Pablo? En realidad, las palabras del apóstol son un contundente rechazo al separatismo que varias décadas después de su muerte se iba a llevar a cabo.

Pablo dice que el sacrificio de Cristo sirvió para quitar la enemistad entre judíos y paganos, cuya enemistad se había mantenido por más de mil quinientos años desde que el pacto de la Ley fue hecho. Sin embargo, aquellos obispos no sólo trabajaron mantener esa enemistad sino por incrementarla tal como puede verse en el modo en que Justino y Tertuliano se expresan cuando mencionan a los israelitas y a la Ley.

La teología acerca del primer día de la semana como día de adoración se estrella violentamente contra Efesios 2:11-18 porque los pactos de la promesa hechos con Abraham y su descendencia incluyen el Sábado, no el primer día de la semana. Esos pactos no contemplan cambio alguno ni mucho menos autorizan a los humanos a proceder por iniciativa unilateral a modificar su contenido, por eso, el argumento de la resurrección en el primer día de la semana siempre será nulo.

Conclusión

Entre el modo de entender la fe recibida de los primeros convertidos al evangelio, y el modo de entenderla de los obispos hay bastante diferencia. En semejante diferencia, al leer a los apóstoles fácilmente se advierte intolerancia total hacia las costumbres paganas. En cambio al leer los escritos episcopales el panorama cambia, advirtiéndose tolerancia total hacia las costumbres paganas e intolerancia las leyes de Dios.

La razón principal para semejante disparidad consiste en que los primeros (o sean los apóstoles) eran israelitas, mientras que los segundos eran de origen pagano. Los primeros, antes de convertirse al evangelio habían obedecido las leyes de Dios, mientras que los segundos habían vivido en el paganismo. Los primeros supieron cómo cambiarse del judaísmo tradicional hacia el nuevo sistema de salvación por gracia. Los segundos no supieron hacer el cambio del paganismo al evangelio. Más bien en lugar de cambiar hicieron una mezcla extraña que dio origen a un cristianismo pagano, repleto de costumbres diabólicas.

Como se ha dicho antes, muchos (posiblemente la mayoría) de los obispos habían sido adoradores del sol y guardadores del primer día de la semana, de hecho, no se requiere de mucho para concluir acerca de las razones por las cuales continuaron observando ese día para lo cual modificaron su significado, de tal manera que en vez de dedicarlo al sol como lo habían venido haciendo, lo dedicaron a Cristo. Pero como se ha visto, aunque ellos se afanaron por presentar el nuevo esquema, la mente pagana-cristiana no aceptó el argumento que declaraba la resurrección de Cristo como válida para sustituir la adoración al sol, para ellos, el día del sol continuaba vigente dentro de la Iglesia, prueba de eso es que habían iglesias que adoraban al sol cuando éste salía en el Oriente y lo alababan.

Los obispos, con gran habilidad, siempre evadieron explicar cómo se originó la dedicación del primer día de la semana dentro de la iglesia, al contrario, siempre se afanan por argumentar vaciedades, tales como los significados que ellos creían mirar acerca de ese día en la Creación; o la famosa excusa en la cual presentan la resurrección de Cristo como pantalla detrás de la cual esconden su preferencia por ese día en lugar del día señalado por Dios. En realidad, todo teólogo honesto siempre afirmará que el relato genésico acerca del primer día de la semana, y la resurrección de Cristo no son argumentos válidos para que los humanos hayan decidido optar por cambio alguno.

Sin lugar a dudas, el más grande error que la Religión Cristiana ha cometido a lo largo de su historia ha sido regalarse a sí misma la autoridad de modificar el significado de la Palabra de Dios. Maravillosamente, Dios a nadie autoriza a cambiar lo que él hace. Incluso nuestro Divino Señor Jesucristo siempre actuó el perfecta armonía con los designios de su Padre.

Si la Religión en verdad cree en Dios, entonces debe modificar su modo de pensar y debe volver por el camino que le enseñaron los santos apóstoles, esto por supuesto es enteramente imposible. Jamás la Religión optará por obedecer a Dios, al contrario, siempre, por su modo de actuar, lo cuestionará, y se pondrá frente a frente con él para decirle que en la tierra ella posee toda la autoridad de establecer los lineamientos de fe con los cuales regir a los Cristianos. Lo maravilloso del caso es que cualquier cambio hecho es finalmente tomado como que en realidad ha sido Dios su autor. Prueba de ello es el concepto predominante respecto al primer día de la semana, día para el cual no existe autoridad divina para tomarlo en sustitución del santo Sábado, pero que sin embargo, habiendo sido instituido por la Religión es tomado como que en realidad fue Dios quien lo cambió.

La Escritura menciona al séptimo día de la semana como Sábado, en cambio la mente humana desde hace muchos siglos dispuso contradecir a Dios anteponiendo argumentos y excusas que nada tienen que ver con la mente divina.

Dios nunca ha dado permiso a los humanos para que cambien lo que ha determinado, pero los humanos creen poseer ese permiso y actúan con la autoridad que ellos mismos se han dado. El día vendrá cuando la Religión estará frente a frente con el autor de la creación, entonces le será declarado que la autoridad que se tomó para cambiar lo que Dios estableció nunca le fue validada.